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Demasiado poco tiempo libre

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La vida es así de contradictoria: cuando uno tiene demasiado tiempo libre puede caer en la paradoja de acabar justo en el otro extremo.

Tuve tiempo para pasarme por vuestros espacios, para leeros, pero no lo he hecho. Una parte de mí se siente avergonzada por volver y no haber cumplido la promesa de leeros, pero otra parte de mí estaba inquieta, y necesitaba buscar respuestas a algunas cosas.

A veces el pensar en tomar ciertas decisiones hace que uno se plantee lo que ha estado haciendo hasta ahora. Desde hace algún tiempo estoy muy pensativa. No soy la única que tiene la sensación de que algo está cambiando, algo importante, porque es evidente y lo vemos (unos más que otros) cada día. En los últimos meses me han surgido multitud de inquietudes, supongo que fruto de no entender muchas de las cosas que suceden actualmente.

Desde luego a veces es mejor no entender. La gente parece más feliz cuando no entiende. Pero no pienso venderme a la ignorancia a cambio de felicidad, así que me da igual si lo que hace sonreír a los demás no me hace sonreír a mí, o si lo que me hace sonreír a mí no es lo que hace sonreír a los demás.

Me hace sonreír estudiar (estoy realizando cuatro cursos, he aquí mi poco tiempo libre), e ir al gimnasio a ver a las viejas pelearse por las máquinas. Me hace sonreír haber vuelto a conectar con mi mejor amiga, y hablar, y enfadarnos con el mundo, y que eso nos haga sentir más unidas. Me hizo sonreír correr delante de los mossos la semana pasada (aunque en aquel momento tuviera los ovarios por corbata). Hoy me ha hecho sonreír encontrar banderas republicanas a 3€ el metro en la Ribes&Casals de Plaça Urquinaona.

 

Porque el tiempo pasa, y pasan cosas; pero hay otras cosas que tenemos que hacer que pasen.

3 ascensores

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La idea era ir al super, comprar cuatro cosas, pasar por los veinte duros (porque no es un chino) y volver a casa.

A las puertas del mercadona me para una mujer buscando la calle B. A mí me suena un cojón, pero no sé dónde está. Y la mujer me dice que lleva un plano, y pienso que aunque soy fatal con los planos si lo viera seguramente daría con la calle. Y en una explosión de sociabilidad y altruismo me pongo allí en medio, a darle vueltas al plano de googlemaps. Al final hemos dado con la calle.
Entro en el super, compro y me meto en el ascensor. Justo antes de que cierren las puertas entra un chico que tenía su qué. Suelta una pregunta a los que estamos allí que resulta ser una broma que yo no entiendo y quedo como una emparrada (lo cual, por otra parte, es cierto, parra pa pa).

Voy al otro super y en el ascensor sube conmigo una mujer de unos sesentaypico, vestida muy elegante, muy maquillada y de peluquería. Le digo que va muy cargada y me dice que es cierto. Le digo que va además muy elegante. Me da las gracias.
Compro el jamón cocido, el vino, la lata de guiness y en la cola de la caja me para mi vecino, ése del que huyo siempre porque habla mucho, pero que es muy simpático. Pago yo y él se pone detrás de la mujer que iba después de mí. Le digo si va para casa y contesta que sí, que le espere.

Vamos hacia el ascensor y me habla de cómo perdimos la segunda república, que menudo desastre; y luego me tira la caña entre risas.

 

Entro a casa pensando en todos ellos, en las personas que me he encontrado en los ascensores.

Fauna del gimnasio

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En la sala de máquinas:

  • El musculitos de toda la vida (ese que se mira el bíceps mientras hace pesas).
  • La que va con dos quilos de maquillaje en la cara (otro clásico).
  • La fea que (¡sorpresa!) cuando sonríe es más guapa (un ‘expediente x’ total).
  • El que se pone en la bicicleta estática de al lado y, como no le haces caso, se va a los cinco minutos.
  • El de la crisis de los cincuenta que lo da todo en la elíptica (tanto, que parece que en cualquier momento vaya a desmayarse).
  • La negra de tetas descomunales (y cuando digo descomunales, digo descomunales)

 

En el vestuario de mujeres:

  • La que después de ducharse parece que se vaya a ir de fiesta (y venga maquillaje, y venga secador, y toma taconazos, y hágase el escote… por dios, ¡si son las doce del mediodía!).
  • La vieja que canta “La piconera”, de cabo a rabo y con bis.
  • La vieja que hace la dieta Dunkan. Y la joven. Y la otra vieja.
  • La vieja que no encuentra su taquilla porque el número de su llave está borrado y no recuerda cuál era (aunque lo mismo me pasó a mí hace no mucho).
  • La vieja que se sale de la ducha con la toalla anudada y abierta por delante como si fuera a entrar a quirófano, que se sienta en un banco (sin intención alguna de empezar a vestirse) y critica a la otra vieja (ésa que se ha secado los pies con papel y no lo ha tirado a la basura).

Yo no sé cómo no voy más al gimnasio, con lo entretenido que es.