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La guirnalda de luces de colores que encendió todo

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Un día, después de mucho tiempo y sin planearlo, volvió a encender la guirnalda de luces de colores que compró hacía un par de años, la que puso para (mínimamente) decorar en Navidad el mini apartamentito donde vivía,  y dónde no cabía un alfiler. Nunca más la sacó.

Ese día, un martes previo a un día de fiesta laboral (sus días de fiesta siempre eran entre semana), se compró un vino (estaba aprendiendo a degustarlos, sin recomendaciones, sin guías… compraba, degustaba y decidía si los ponía en su lista de vinos para repetir), encendió las luces de colores y se puso música. Casi nunca se sentaba a escuchar música porque sí.
Se servía el vino en la copa en pequeñas dosis. Le gustaba más así, sirviéndose un cuarto de copa cada vez.

En un momento, a propósito de otra cosa, ecordó el anillo de su abuela, el que había forjado ella hacía décadas, cuando era joven y trabajaba en una joyería de Córdoba. Lo fue a buscar y se lo puso en el anular izquierdo. Mientras veía que le bailaba un poco pensaba en si ese anillo estaba hecho a la medida del anular de su abuela. Deducía que seguramente sí. Y mientras lo seguía mirando, bajo la perspectiva del vino, pensaba en que ese anillo perfecto, al que no le faltaba ni una piedrecita, el que no presentaba ni un arañazo, ni una imperfección a través de los años; ese anillo, era asimétrico. Descubrió la asimetría en una bolita pequeñita y dorada, que presentaba el anillo en uno de los dos lados, que a primera vista parecían ser perfectamente simétricos. Y pensó en que había algunas cosas que aparentaban ser eso, perfectamente simétricas, pero que finalmente siempre había algo que las desviaba hacia uno de los dos lados. Encontró en ese anillo una metáfora estupenda de la vida.

Y recordó, también, la conversación hacía unas semanas con su tía, que aseguraba que abuela (la forjadora del anillo) y nieta (la portadora del mismo en ese preciso momento) tenían el mismo perfil (frente, nariz, boca). Y recordaba la foto que su tía le había mandado de un cuadro que alguien pintó de su abuela cuando era joven. Y recordaba que cuando vio esa foto en la pantalla de su celular (desde hacía algunos años era celular, y no móvil) se dio cuenta de que era cierto, el perfil de ambas era casi idéntico. Y miraba el perfil de su abuela, y miraba el anillo, y pensaba que, con todos los defectos que su abuela hubiera podido haber tenido, fue una persona mágica.

Y pensó que hacía mucho que no escribía. Y escribió mientras el anillo de su abuela le bailaba en el anular izquierdo.

 

La Revolución

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Sin haber tomado nunca la decisión, había decidido conservar hasta el fin de sus días a un amante de cada década.
De la primera década de su existencia, por razones obvias, no había amante. De la segunda no conservó ninguno, quizá porque los que tuvo fueron todos muy malos.
Sí conservó en su vida a un amante de primeros de sus veinte. Veintidós o veintitrés eran. Alguna vez estuvo enamorada de él, eso creía ella, eso creía recordar. Ahora, tras décadas de distancia, sabía que de alguna manera, un trocito de ella (el trocito de veintidós o veintitrés) lo seguía amando como entonces. Hubo piel, mucha, y eso no se borraba con los años.

También conservó un amante de los treinta. Treinta y cuatro. Era otra cosa. Sin enamoramiento como el de los veintidós (o veintitrés), pero con amor también. Desde el principio fue su voz (lo primero que conoció de él) lo que la atrapó, luego sus palabras, su forma de expresarse, su manera de pensar. Se creó una imagen tan potente de él que, años después, cuando por fin se conocieron en persona, no importó nada más. No importaron los defectos, no importaron las imperfecciones. Todo estaba armado ya en la mente de ella, y era demasiado fuerte como para entrar en detalles superficiales.

Su último amante fue de sus cuarenta. Cuarenta redondos. En este caso fue él quien la cortejó a ella (ella siempre se dejaba). Sin rodeos, sin tiempo para conocerse, o para enamorarse, o para escucharse, o para saber qué pensaba uno u otro sobre tal aspecto de la vida. No hizo falta porque el primer día que se cruzaron, de alguna manera ya entendieron todo eso, de alguna manera ya lo sabían. No era la primera vez que les pasaba y llevaban esa ventaja. Y se tomaron. Sabían que para siempre.

No hubo más amantes desde aquél. Quizá porque la edad apacigua algunas cosas, quizá porque ya había encontrado todo lo que necesitaba encontrar en ellos tres. No hubo más amantes, pero los encuentros con los tres, con sus tres décadas, se dieron a lo largo de toda su vida. Nunca demasiado a menudo, nunca demasiado programado. Observado en conjunto, eran dosis servidas con cuentagotas a lo largo de su línea de tiempo. Pero los necesitaba como si fueran el 2 del O2. Nunca pudo excluirlos, nunca lo intentó tampoco. Ellos tampoco pudieron, aunque lo intentaran. Desaparecían por algún tiempo, pero siempre, tarde o temprano, volvían. La amaban, y ella a ellos. Aunque sabía que no iba a terminar su vida con ninguno, sabía que era alma gemela de todos. Todos locos, todos inquietos, todos inteligentes, todos artistas, todos pensadores. Todos locos, ella loca por todos y ellos locos por ella.

 

Al final de su vida, cuando creía que ya lo había entendido y aprendido todo, descubrió que siempre estuvo buscando lo mismo en sus amantes, que todos eran una versión distinta de una misma cosa con la que ella no era compatible, pero que deseaba incontrolablemente, aún siendo anciana. Lo había deseado siempre, era esencial, sumamente esencial. Por eso los necesitaba a todos. Por eso, por pocos momentos que pudiera compartir con ellos, no podía no tenerlos. Por eso seguían erotizándola, más allá de las canas, más allá de la piel arrugada y la frágil delgadez. En su mente seguían siendo jóvenes y ardientes, y entrañables. Necesitaba sus tres décadas, necesitaba sus tres amantes.
Uno de ellos le dijo una vez que ella era la revolución, la que provocaba todo eso. Y es que no había nada más revolucionario que el amor cuando el odio manipulaba títeres. El amor en cualquiera de sus formas. Tanto amor tenía dentro, que murió de amor a los ochenta y seis. Habiendo amado absoluta y locamente. Absoluta y locamente amada.

 

 

La báscula

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Cuando era pequeña, íbamos a comer todos los domingos a casa de mi abuela paterna. Vive en el Raval desde hace 60 años, uno de los barrios de conforman el casco antiguo de mi ciudad natal. Un barrio de gente trabajadora, inmigrantes, mucha mezcla cultural. Un barrio muy querido por muchos, sobre todo por los que siempre han vivido allí o por los que hemos estado ligados a él durante toda nuestra vida. Hoy he recordado una anécdota de aquellos tiempos. Una especie de ritual que hacíamos todos los domingos, antes de subir a casa de mi abuela. En una de las calles que dan a la Rambla, arteria principal del centro de Barcelona, había un porchecito medio escondido. No recuerdo si era en la calle del Carme, cerca del famoso Mercat de la Boqueria. En dicho porchecito se ubicaba una báscula gigante, muy grande. Parecía más grande aún vista desde los ojos de una niña. Todos los domingos íbamos a esa báscula a pesarnos. Era divertidísimo. Me subía a esa plataforma cuadrada. Al hacerlo se movía la base, con ese vaivén de las básculas de antes, ¿os acordáis? Una vez arriba, me quedaba quieta, mirando la aguja gigante que marcaba mi peso, y observando también parte del mecanismo que quedaba a la vista. Era una báscula genial. Hoy buscando por internet he encontrado la fotografía de ese tesoro en un blog. Actualmente la tienen en las oficinas del Mercat de la Boquería. Al parecer pertenecía a la Joyería y Relojería El Regulador, en Las Ramblas 37. El local fue después ocupado por la joyería Bagues hasta hace relativamente poco y actualmente es un hotel. Fue tan conocida y significativa que al edificio se le conoce con dicho nombre. Ésta es la báscula. Imaginaos a la pequeña Pecosa, subiéndose ahí arriba todos los domingos. ¿Puede haber algo más divertido?La báscula La báscula (detalle)

Recordando acordes no acordados.

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Ella recordaba cuando él tocaba la guitarra con su cuerpo. Se sentaba detrás de ella, en la cama. Le tomaba la mano izquierda estirándole el brazo a modo de mástil, y con su mano derecha y la de ella tocaba sobre su obligo al ritmo de la música que solían escuchar mientras charlaban, o se sonreían, o simplemente se dejaban llevar; antes de tumbarse y volverse locos el uno por el otro.

Él recordaba tocarla, sentirla. Hacía tanto tiempo… Era una de esas noches. Una de las muchas en las que no se le iba de la cabeza. Sabía que nunca se le iba a ir. También sabía que nunca volvería a tenerla desnuda, suave, dulce, perversa. Generosa, tímida, ardiente. Húmeda. Recordaba como la abrazaba, la besaba. Ella besaba bien. Besaba muy bien. La acariciaba, la saboreaba y le hacía el amor, sin prisa, con cariño. Con un amor eterno. Como no lo solía dar.
Recordaba pasar la noche abrazados, desnudos, acariciándola hasta el amanecer cuando, como una Cenicienta, debía desaparecer.
La quería.

Ella sabía que estaría enamorada de él hasta el fin de sus días.

Él no recordaba ningún momento en el que no hubiera estado bien con ella, pero aunque la quería no recordaba amarla. Y no olvidaba recordarla.

No quería amarla, porque sabía que la destrozaría.
No quería que ella lo amara.
No quería que ella lo olvidara.

Yo no puedo sólo quererte.
¿Qué quieres de mí?
Nada. Sólo que estés. Ni siquiera quiero que me correspondas. Sólo que estés.


Sé feliz. O déjalo todo y vuelve a mí
.

No se puede

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Ayer entró a la tienda en la que trabajo un chico alemán con su novia colombiana (yo española y mi jefa argentina, parecíamos un chiste). Nos pusimos a conversar sobre por qué me encontraba en este país y cómo había ido a parar al lugar en el que vivo en concreto (¿¿qué haces en un lugar como éste?? es una de las preguntas que más he escuchado en los últimos meses). En un momento me pregunta, en un español perfecto: ¡¿Y cómo haces para vivir sin jamón?!

No se puede, le contesté yo.

 

Son las doce de la mañana y apenas entra luz por la ventana de mi pequeño apartamento. Podría encender la lámpara que hay sobre la mesa, pero escribo en semi penumbra, tomando mi café con leche. Me he levantado gris, como el día.
Cómo hago para vivir sin jamón. No se puede. Así de simple. Aquí hay jamón, pero no tiene nada que ver con el de España. No hay fuet, no hay sobrasada, no hay mortadela de olivas. No hay chorizo asturiano para cuando hago habichuelas. No se puede.

 

 

No hay Mar Mediterráneo. No hay olor a sal.
Mientras aquí estamos (lentamente, porque se resiste) entrando en un invierno bajo cero, la gente del norte sube a las redes sociales fotos en la playa. Fotos del mar brillante y liso como un espejo.
Ojos que no ven, corazón que no siente. Y a la inversa. (¿Hay alguna manera de configurar el Facebook para que no te muestre las fotos de la gente junto al Mediterráneo? ¿No? Debería.)
¡¿Cómo haces para vivir sin Mar Mediterráneo?!, podría haberme preguntado el chico alemán de acento español perfecto. Mi respuesta habría sido exactamente la misma.

 

Sabía que ésas dos serían las primeras cosas que echaría de menos (cosas, no personas. Otro día hablaré de las personas. Quizá). Pero no pensaba que fuera a ser tan pronto.

Justo ahora empieza a llover. Menos mal.

 

visto en facebook, creo que es málaga

 

Los que tengáis la posibilidad, ¿me haríais un favor? Enterrad los pies en la arena por mí.

Se hizo esperar… pero llegó.

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Mis noches suelen ser bastante rutinarias. Llego a casa, ceno algo rápido y calentito (recuerden que por el hemisferio sur estamos a puntito de entrar en el invierno) y me meto en la cama con el portátil (no tenemos tele, así que todo el ocio se basa en lo que pueda ofrecernos internet -cuando funciona bien- o algún libro que podamos ir comprando de vez en cuando).

Una de esas noches, la de hace justo una semana, estaba yo ya en la cama, tapada hasta la barbilla, pasando el rato. Decido, como cada noche, meterme en Facebook para revisar mensajes, fotos y otras chorradas. Pero, para mi sorpresa, la mayoría de textos visibles en ese momento eran actualizaciones de estado de mis amigos patagónicos: “¡¡NIEVE!!”, “¡ESTÁ NEVANDOOOOO”!, “¡¡ARRANCÓ LA PRIMERA NEVADA!!”. De un salto, me puse en pie y volé hacia la ventana, corrí las cortinas y vi la nieve caer por primera vez en esta localidad.

La última vez que vi nevar fue en Barcelona, el 8 de Marzo del 2010. Pero al cabo de algunas horas, la nieve se había esfumado. Si bien todavía no hemos entrado en el invierno, cuentan por estas tierras que otros años empezaba a nevar a primeros de Mayo, y que este año se estaba haciendo de rogar. Pero que cuando viniera la nieve, vendría a por todas. Y así ha sido.

Ésta era la estampa desde mi ventana al día siguiente:

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Os imaginaréis mi cara. Estaba alucinada, no podía creer que todo estuviera tan blanco. Todo es hermoso cuando está cubierto de blanco, os lo aseguro. Tengo la suerte de vivir en un lugar precioso, pero verlo todo nevado lo hace tan especial… La nieve tiene algo mágico. Imagino que luego uno se acostumbra, con el paso de los días; pero la primera nevada gusta a todos, sorprende a todos, todos los años, por más años que pasen. Así lo dicen los lugareños.

 

Éste era el aspecto del jardincito de la comunidad de vecinos en la que vivo:

El jardincito

 
Los que hayáis caminado sobre la nieve, sabréis el sonido que hace cuando uno la pisa, paso tras paso. Definitivamente, ese crujidito se ha convertido en uno de mis sonidos favoritos (junto con el de los sonajeros cilíndricos, o el de descorchar vino -no tanto el de descorchar cava-).

Mi cerebro hemisferionorteño, evidentemente, quedó algo confundido. Tenía que pensarlo dos veces antes de desear una Feliz Navid… es decir, una Feliz Nevada.

31 de Diciembre

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Los 31 de Diciembre siempre me emocionan. Es el último día del año, y en él se mezcla todo lo malo y lo bueno, el pasado y el futuro. Para mí es un día con mucha mezcla de cosas.

Este año han pesado muchas cosas malas, ha sido un año muy duro en casi todos los aspectos, por no decir en todos. Pero por suerte lo finalizo bien. Lo finalizo en un lugar nuevo y precioso, de postal, rodeada de gente alegre. Lo finalizo lejos de mi familia, lo cual es duro, pero sintiéndolos muy cerca. Lo finalizo pensando en todo lo que hemos pasado, y en todo lo que nos queda por venir. Imagino que como muchos de vosotros.

 

No quería dejar pasar el día sin agradecer a todos que sigáis conmigo, que me regaléis vuestra compañía un año más. Son casi cinco años en total escribiendo, a veces mejor, otras peor: pero siempre con vosotros.  Mis amigos, mis compañeros de la blogosfera.
Gracias a los que me han animado a seguir cuando desaparecía durante algún tiempo, gracias a los que me habéis apoyado con este cambio tan grande de mi vida. Os deseo salud y felicidad, que le deis una patada en el culo a este 2012 y que el 2013 os traiga (nos traiga, permitidme que me incluya) lo que nos merecemos.

Feliz 2013 a todos, os quiero.

Con las manos en la masa

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Una de las cosas a las que me he aficionado en estos dos años de inactividad laboral ha sido a la cocina. Fue algo no meditado, que se fue dando poco a poco. Recuerdo que me di cuenta un día que iba al mercado del barrio a comprar algunas verduras. Descubrí que era algo que me gustaba hacer: ir a comprar y pensar en qué hacer para comer o cenar. Quién lo diría, con la pereza que me ha dado siempre.

Cambia mucho cocinar cuando uno tiene tiempo y ánimo. Y lo bueno es que no hace falta tener mucho dinero para cocinar cosas ricas. Así que mataba las horas buscando recetas por internet y poniéndolas en práctica. Recuerdo que encontré una receta de albóndigas que superaba con creces la que yo había hecho siempre, y que ahora se ha convertido en uno de mis platos favoritos.

Ahora, aquí, sigo teniendo mucho tiempo libre, ya que no trabajo todavía. Así que sigo en la línea que traía: entretenerme en la cocina. Una cosa que tenía ganas de intentar hacer son las típicas empanadas de carne argentinas. Las he probado en alguna ocasión y me parecen deliciosas. Además no son difíciles de hacer, pero sí es entretenido (hice unas 20 y acabé hasta el mismísimo moño, entre otras cosas porque ya tenía hambre y cuando tengo hambre no veo otra cosa). Así que para la próxima ya sé que debo tomármelo con más tiempo y calma.

Para las empanadas compré medio quilo de carne picada (aquí venden dos tipos de carne picada: la común y la especial, que es un poco más cara pero más rica y menos grasienta; siendo esta última la que compré).

el sofrito

el sofrito

El sofrito lo hice con cebolla, cebolla de verdeo (vendría a ser como la cebolleta fresca), ajo, pimiento (en la receta original no salía, pero tenía medio pimiento que se me estaba poniendo malo -por cierto, al pimiento le llaman “morrón”, ya sea rojo o verde-) y luego le agregué una patata rallada para que hiciera bulto (tampoco estaba en la receta original, pero me daba miedo quedarme corta con el relleno, cosa que no pasó).

condimentos

condimentos

Mientras se sofreían las verduras, herví tres huevos que luego corté a trocitos. También corté a aros algunas aceitunas.

Agregué la carne al sofrito y lo aderecé todo con los siguientes condimentos: sal, pimienta, ají molido (es un poco picante), comino y pimentón. Todo bastante a ojo (le echaba, y lo probaba, le echaba más si era necesario, y lo volvía a probar… así hasta que me pareció que estaba rico). El resultado fue un relleno bastante jugosón.

¡qué timo!

¡qué timo!

el relleno al chup chup

el relleno al chup chup

Luego venía la parte delicada: montar las empanadas. La primera sorpresa me la llevé cuando abrí el paquete de tapas y vi que algo fallaba. En el paquete decía “12 tapas”, pero en realidad, ¡había diez! ¡Ladrones! Un amigo argentino me dijo, entre risas: “¡vete acostumbrando!”. Como veía que tenía relleno para dar y regalar y encima me faltaban dos tapas, decidí ir a comprar un paquete más.

el relleno

el relleno

a 15 minutos de ser devoradas

a 15 minutos de ser devoradas

El caso fue que al final acabé haciendo 22 empanadas (2 paquetes de 12 menos las 2 que me timaron). A lo que, por si fuera poco, le sumamos una pizza napolitana (mozzarella, tomate en rodajas y ajo) y un par de botellas de Imperial (la cerveza más rica que he probado hasta ahora en Argentina).

Ni falta hace que os diga que comimos hasta reventar. Y las empanadas quedaron bastante ricas para haberlas hecho una española. Ratman se llevó un par al trabajo, y su compañera, tras comerse una, le dijo: ya te puedes casar con ella, jajajaj

la cena

la cenariquísimasriquíssssimas

Así que ya estoy pensando en la próxima receta que voy a hacer, que creo que van a ser… ¡PANQUEQUES!

El viaje I. La pregunta

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En febrero tomamos la decisión de venirnos para Argentina.

Hay personas que dicen que es una decisión valiente. Yo considero que no lo es tanto. Mis últimos cuatro años han estado repartidos en dos etapas: los primeros dos han sido la decadencia de la empresa en la que trabajaba. Impagos, problemas, despidos, tiendas cerradas. Quiebra. Los dos últimos años, mi decadencia personal. Una decadencia impuesta, con un paro que me daba únicamente para pagar gastos, con un contexto más que nefasto para los que tenemos que buscar empleo de nuevo, y con un tiempo que se iba agotando.
A eso hay que sumarle los últimos cuatro años de Ratman, que se inició como autónomo en febrero del 2008 y cuya tranquilidad no duró más que unos meses: en septiembre explotaba todo. Aguantó hasta inicios de este año, pasando por trabajar más horas que un reloj, ganando lo justo, sufriendo ataques de ansiedad y un sinfín de pequeñas tocadas de pelotas que, en suma, no hacían más que pasarle factura a él, y de rebote a mí, a nuestra relación, a nuestra vida.
Cuando tu vida es un desastre y tienes la opción de cambiar, no es cuestión de valentía, es cuestión de necesidad.

La pregunta era si tenía sentido quedarnos. A mí se me acababa el paro, y él no tenía. Las perspectivas de trabajo eran nulas, y el ambiente general no ayudaba. Cuando uno no tiene otra opción, se arma de valor y de fuerza e intenta tirar para adelante. Pero pudiendonos ir a otro lugar a probar, ¿para qué quedarnos? ¿Tan locura era, cuando había mucha gente que hacía lo mismo? Allí teníamos a su familia, a sus amigos, quizá Argentina no sea el mejor país para vivir, pero ¿cuál lo es? Yo creí durante toda mi vida que vivía en un buen país. Buen clima, preciosos paisajes, gente abierta, una gastronomía de envidiar, accesible… Pero me he dado cuenta de que todo estaba basado en una mentira. En la corrupción. En el engaño. La vida que tuve, llena de felicidad y estabilidad, no me la va a quitar nadie. Pero ahora, ¿qué me queda de todo eso? Ahora, con casi treinta y dos años, que es cuando quiero asentarme, tener mi hogar, vivir mi vida tranquila. Una vida en la que no cabe la ostentación ni la avaricia, no soy así, no soy una mujer de caprichos y lujos. Pero no puedo, por muy sencilla que quiera que mi vida sea. No me dejan. No nos dejan.

La pregunta era por qué quedarnos si podíamos irnos. Por qué no intentarlo.

Una caja de zapatos

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En una caja de zapatos no caben muchas cosas. Aparentemente.

Inmersa en mi rutina de organizar y empaquetar cosas, hoy he encontrado una caja de zapatos cuyo contenido es, cuanto menos, pintoresco. Voy a obviar las cartas y postales, que están en toda Caja de Zapatos De Los Recuerdos que se precie (¿quién necesita un baúl de los recuerdos teniendo cajas de zapatos?), y voy a ir directamente a las cosas más curiosas (algunas de ellas ni las recordaba).
La cartera que me regalaron en el local donde me hice mi primer piercing, el del ombligo: dentro de la cartera se incluye el carnet del lugar (para descuentos en futuros piercings y tatoos), un folleto con las instrucciones para el cuidado del piercing, una gargantilla con una brujita (el local se llama L’Embruix -El Embrujo-), un mechero, y un condón XXL que jamás llegué a usar, por eso está ahí (caducó en enero del 2004).

La agenda del amor: una agenda que usaba cuando era adolescente. En ella hacía un seguimiento de los hechizos de amor que iba relizando (basados en un libro de Esperanza Gracia, que en aquella época estaba que se salía), y la eficacia o no de éstos sobre Enric, el chico del instituto que me gustaba (nos gustaba a todas, y cuando se hizo las rastas, más). Como era de esperar, los hechizos no tuvieron el más mínimo efecto. El fin de nuestro cortejo (bueno, de mi cortejo, porque él no cortejaba nada, al menos conmigo) fue el día que me pillé una cogorza del mil en un cumpleaños, me declaré al pobre chaval -que me estuvo aguantando como un campeón toda la noche- y a la semana me dio calabazas.

– La baraja del Tarot (me dio muy fuerte con el esoterismo, sí): una baraja que jamás supe usar (no veas si tiene cartas, con ellas se podría jugar unos remigios que ni te cuento), pero que tiene unos dibujos muy bonitos (a lo mejor las uso alguna vez para hacer un collage, o algo así). Junto a la baraja, hay cartas sueltas que seguro debí recoger en su día por la calle. Siempre que me encuentro una carta en la calle la recojo. Según mi madre, esas cosas significan algo (no sé qué significará un As de Corazones en la que aparece un tío haciéndole el dorso a una rubia). Por si con esto no fuera suficiente, he encontrado también papelitos recortados de vete a saber dónde, que publicitan hoteles para encuentros discretos, supongo que con la intención de ir algún día. Eso jamás sucedió.

Fotografías: entre ellas, las de mi primero novio (¿se considera novio cuando dura un mes?), el senegalés. Junto a las fotos, una hoja de papel en la que escribí datos de interés sobre Senegal: población, partidos políticos, religión… La otra fotografía es de un amigo con derecho a roce que me encantaba. Estudiaba cine y me hizo una lista de películas imperdibles que aún guardo. Las otras dos cartas corresponden a un tío con el que me carteé tras poner un anuncio en El Periódico (cuando dejé de estudiar me aburría mucho). Me bastó una sola carta suya para dejar de escribirle. La otra es una postal de mi ex, diciéndome que iba a estar siempre.

– Y ahora la sección ¿¿Esto me pasó a mí??, que tenía totalmente olvidada: para que se entienda diré que hace diez años estuve trabajando en una de las tiendas de la Estación de Sants, lugar de paso de mucha gente. Haber trabajado allí durante cinco años me ha dejado muchas anécdotas, pero estas dos me han sorprendido hasta a mí, ya que ni las recordaba.
Por un lado tenemos a Ernest. No recuerdo cómo llegó a mí esa carta (supongo que alguien la dejaría en el mostrador de la tienda). Incluía un poema de Borges y un e-mail de contacto. Recuerdo haberle escrito, por curiosidad. Ésta fue su respuesta:

Y por otro lado tenemos a Frank, el holandés. Tampoco sé cómo llegó a mí la postal, imagino que de la misma manera que la anterior carta. Como una imagen vale más que mil palabras, aquí dejo la foto.


Aparentemente, en una caja de zapatos no caben muchas cosas. Pero sí muchas historias.