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La Revolución

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Sin haber tomado nunca la decisión, había decidido conservar hasta el fin de sus días a un amante de cada década.
De la primera década de su existencia, por razones obvias, no había amante. De la segunda no conservó ninguno, quizá porque los que tuvo fueron todos muy malos.
Sí conservó en su vida a un amante de primeros de sus veinte. Veintidós o veintitrés eran. Alguna vez estuvo enamorada de él, eso creía ella, eso creía recordar. Ahora, tras décadas de distancia, sabía que de alguna manera, un trocito de ella (el trocito de veintidós o veintitrés) lo seguía amando como entonces. Hubo piel, mucha, y eso no se borraba con los años.

También conservó un amante de los treinta. Treinta y cuatro. Era otra cosa. Sin enamoramiento como el de los veintidós (o veintitrés), pero con amor también. Desde el principio fue su voz (lo primero que conoció de él) lo que la atrapó, luego sus palabras, su forma de expresarse, su manera de pensar. Se creó una imagen tan potente de él que, años después, cuando por fin se conocieron en persona, no importó nada más. No importaron los defectos, no importaron las imperfecciones. Todo estaba armado ya en la mente de ella, y era demasiado fuerte como para entrar en detalles superficiales.

Su último amante fue de sus cuarenta. Cuarenta redondos. En este caso fue él quien la cortejó a ella (ella siempre se dejaba). Sin rodeos, sin tiempo para conocerse, o para enamorarse, o para escucharse, o para saber qué pensaba uno u otro sobre tal aspecto de la vida. No hizo falta porque el primer día que se cruzaron, de alguna manera ya entendieron todo eso, de alguna manera ya lo sabían. No era la primera vez que les pasaba y llevaban esa ventaja. Y se tomaron. Sabían que para siempre.

No hubo más amantes desde aquél. Quizá porque la edad apacigua algunas cosas, quizá porque ya había encontrado todo lo que necesitaba encontrar en ellos tres. No hubo más amantes, pero los encuentros con los tres, con sus tres décadas, se dieron a lo largo de toda su vida. Nunca demasiado a menudo, nunca demasiado programado. Observado en conjunto, eran dosis servidas con cuentagotas a lo largo de su línea de tiempo. Pero los necesitaba como si fueran el 2 del O2. Nunca pudo excluirlos, nunca lo intentó tampoco. Ellos tampoco pudieron, aunque lo intentaran. Desaparecían por algún tiempo, pero siempre, tarde o temprano, volvían. La amaban, y ella a ellos. Aunque sabía que no iba a terminar su vida con ninguno, sabía que era alma gemela de todos. Todos locos, todos inquietos, todos inteligentes, todos artistas, todos pensadores. Todos locos, ella loca por todos y ellos locos por ella.

 

Al final de su vida, cuando creía que ya lo había entendido y aprendido todo, descubrió que siempre estuvo buscando lo mismo en sus amantes, que todos eran una versión distinta de una misma cosa con la que ella no era compatible, pero que deseaba incontrolablemente, aún siendo anciana. Lo había deseado siempre, era esencial, sumamente esencial. Por eso los necesitaba a todos. Por eso, por pocos momentos que pudiera compartir con ellos, no podía no tenerlos. Por eso seguían erotizándola, más allá de las canas, más allá de la piel arrugada y la frágil delgadez. En su mente seguían siendo jóvenes y ardientes, y entrañables. Necesitaba sus tres décadas, necesitaba sus tres amantes.
Uno de ellos le dijo una vez que ella era la revolución, la que provocaba todo eso. Y es que no había nada más revolucionario que el amor cuando el odio manipulaba títeres. El amor en cualquiera de sus formas. Tanto amor tenía dentro, que murió de amor a los ochenta y seis. Habiendo amado absoluta y locamente. Absoluta y locamente amada.

 

 

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La ciudad de la furia

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Dicen que en España hay un bar por cada 140 habitantes. en Buenos Aires debe haber una pizzería por cada 140 habitantes.

Buenos Aires sabe a pizza, a la de muzza. Bien esponjosa y con mucho queso. No hace falta nada más. Bueno sí, una porción de fainá (una especie de “pan” hecho de harina de garbanzos con la que se acompaña la pizza) y una cerveza bien fría, a poder ser una Imperial, o una Stella Artois, o una Heineken.

Buenos Aires huele a libros viejos. La Avenida Corrientes está completamente inundada de librerías de ocasión, con libros y revistas de segunda mano. Librerías que permanecen abiertas hasta la madrugada. ¡Hasta la madrugada!

Buenos Aires suena a tango. Mientras esperaba el tren en una estación, unos chicos tocaban la guitarra, el violín, el bandoneón. Las personas que esperaban como yo se acercaban y vaciaban sus mentes al son de la música. Uno sabe cuando alguien vacía su mente y se limita a dejarse invadir por una melodía, esas cosas se leen en los ojos. Ninguno era turista. No se trataba del típico turista acercándose al folclore del país que está visitando. Eran argentinos disfrutando de su música. Los envidiaba, en España no vi nada parecido.

Buenos Aires te llena la vista de luz, de espectáculo. Está inundada de teatros, de cines, de conciertos, de fútbol. La misma Casa Rosada es un espectáculo. Por la noche se enciende, poderosa, hermosa, femenina; llenando de rosa potente los ojos de aquél que la mira.

Buenos Aires tiene ese calor del mate, de las cafeterías de antes, de la madera, de la piedra.

La ciudad de la furia, que decía Cerati (que en paz descanse, por fin), me enamoró. Es gigante, tan descomunal que impresiona verla desde el avión. Colosal, llena de vida. Imposible verlo todo en tres semanas. Lo cual sólo me deja una opción: tendré que volver.

Cúpula de un edificio en Avenida Rivadavia, Buenos Aires.

Cúpula de un edificio en Avenida Rivadavia, Buenos Aires.

No se puede

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Ayer entró a la tienda en la que trabajo un chico alemán con su novia colombiana (yo española y mi jefa argentina, parecíamos un chiste). Nos pusimos a conversar sobre por qué me encontraba en este país y cómo había ido a parar al lugar en el que vivo en concreto (¿¿qué haces en un lugar como éste?? es una de las preguntas que más he escuchado en los últimos meses). En un momento me pregunta, en un español perfecto: ¡¿Y cómo haces para vivir sin jamón?!

No se puede, le contesté yo.

 

Son las doce de la mañana y apenas entra luz por la ventana de mi pequeño apartamento. Podría encender la lámpara que hay sobre la mesa, pero escribo en semi penumbra, tomando mi café con leche. Me he levantado gris, como el día.
Cómo hago para vivir sin jamón. No se puede. Así de simple. Aquí hay jamón, pero no tiene nada que ver con el de España. No hay fuet, no hay sobrasada, no hay mortadela de olivas. No hay chorizo asturiano para cuando hago habichuelas. No se puede.

 

 

No hay Mar Mediterráneo. No hay olor a sal.
Mientras aquí estamos (lentamente, porque se resiste) entrando en un invierno bajo cero, la gente del norte sube a las redes sociales fotos en la playa. Fotos del mar brillante y liso como un espejo.
Ojos que no ven, corazón que no siente. Y a la inversa. (¿Hay alguna manera de configurar el Facebook para que no te muestre las fotos de la gente junto al Mediterráneo? ¿No? Debería.)
¡¿Cómo haces para vivir sin Mar Mediterráneo?!, podría haberme preguntado el chico alemán de acento español perfecto. Mi respuesta habría sido exactamente la misma.

 

Sabía que ésas dos serían las primeras cosas que echaría de menos (cosas, no personas. Otro día hablaré de las personas. Quizá). Pero no pensaba que fuera a ser tan pronto.

Justo ahora empieza a llover. Menos mal.

 

visto en facebook, creo que es málaga

 

Los que tengáis la posibilidad, ¿me haríais un favor? Enterrad los pies en la arena por mí.

Miel, flores, caramelo

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No sabía cuál elegir. Aunque le gustaban los vinos, no entendía de ellos. Llevaba unos minutos frente a la góndola, buscando en las etiquetas de las botellas una pista, algo que le hiciera decidirse.

-¿Blanco o tinto? –dijo alguien tras ella.

Cuando se dio la vuelta, vio que era aquél hombre con el que había coincidido en un par de ocasiones. Lo conoció hacía unos meses en la inauguración del teatro. Tres meses después, volvió a verlo en una feria de artesanos. Le compró un tarro de mostaza que él mismo cultivaba y elaboraba.

-Blanco –le dijo con una sonrisa-. Quiero tomar una copa cuando llegue a casa.
-¿Te gustan dulces?
La miraba fijamente. Era muy alto, de piel blanca y cabello anaranjado. A ella no le parecía guapo, ni siquiera atractivo; pero tenía algo que conseguía seducirla.
-Mmm… ¿los dulces no suben más a la cabeza? -dudó.
Con un gesto rápido y enérgico, tomó una botella de uno de los estantes y se lo mostró.
-Éste no.
Ella meditó durante unos instantes.
-No se hable más. Me llevo ése –dijo finalmente.
-Yo te lo regalo.
Apenas se conocían, así que le cogió por sorpresa el propósito. Se ruborizó. Él se dio cuenta.
-De eso nada –logró decir-.  Haré caso de tu sugerencia, pero lo pago yo.
Ella hizo el ademán de sacarle la botella de las manos, pero él la esquivó.
-No, yo te lo regalo –repitió él, clavando sus ojos de pestañas rubias en los ojos moros de ella.
-De acuerdo, acepto -se rindió.
-Bien, enseguida vuelvo.

Mientras ella elegía un zumo en otro de los pasillos del supermercado, él volvió con la botella.
-Aquí tienes. Le han puesto una etiqueta conforme ya está pagada.
-Gracias –sonrió bajando la mirada mientras recibía la botella. Se abrazaron y se dieron un beso en la mejilla-.  No tenías por qué.
-La próxima vez que nos encontremos me dices qué te ha parecido.
-Así lo haré.
-Hasta pronto.
-Cuídate.

El vino sabía a miel, a flores, a caramelo. Sin duda el mejor vino blanco que ella había probado hasta el momento.
Algún día se lo diría. El día en que volvieran a encontrarse.

Entrada 2 en 1: Mmmmpanqueques! + Gracias, Nala!

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Hoy va una entrada que vale por dos. Con los tiempos que corren, os podéis dar con un canto en los dientes 😉

Para empezar, lo prometido es deuda (JuanRa, ponte el babero): ayer, merendé panqueques.
No sé porque no los había hecho antes, es facilísimo y están de muerte. Recuerdo haber hecho crepes hace algunos años, pero desde entonces sólo los había comido en un restaurante (un buffet libre que hay en Barcelona donde la relación calidad-precio es bastante buena y tienen de todo).

Así que el otro día dije basta y me puse manos a la obra.

Como sólo iba a hacer para mí, usé:toda la parafernalia

  • 1 huevo
  • 1/4 vaso de leche (¿os habéis fijado en que viene envasada en bolsas? ¡Me recuerda a cuando era pequeña!)
  • 1/4 vaso harina (la 0000 es más fina, pero yo no me di cuenta y compré la 000)
  • 1 cucharada azúcar
  • mantequilla
  • e-vi-den-te-men-te e in-dis-pen-sa-ble-men-te, dulce de leche

Con esas cantidades, a mí me salieron dos panqueques (quizá tres si los queréis hacer más finos).
Bueno, el tema es así:

Yo primero batí el huevo, y luego le agregué la leche, mezclándolo bien.tamizando harinabate que bate que bate el chocolate
Después, con ayuda de un colador, tamicé la harina. Si tenéis batidora con varillas evidentemente el trabajo es mucho más rápido. Y a los que no, haciéndolo así como os digo, con el colador, queda perfecta.

sin grumooooosendulzando un pelín el tema

Luego sólo queda añadirle el azúcar.

Pasamos a la sartén.
de aquí a un rato, esto será un panquequeEn base al tamaño de la sartén (lo ideal es una sartén medianita, tirando a pequeña) y a lo que le guste a cada uno, echaremos más o menos cantidad de mezcla. Yo le puse un poco menos de un cazo.

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Se pone a fuego medio-fuerte, se le echa un cacho de mantequilla y a medida que se derrite movemos la sartén para que se impregne toda la superficie. Una vez derretida, vertemos la mezcla de manera uniforme.

Y ahora ya viene el arte que tenga cada uno. Yo he visto muchas veces hacer panqueques (a los del
cara B
cara Arestaurante que os decía antes) y el tipo movía la sartén haciendo círculos para que no se pegue, luego hacía ¡hop! a lo Arguiñano y le daba la vuelta al aire para que se hiciera por el otro lado. Yo hice lo mismo, no es difícil (os lo dice una torpe), y es divertido.

como si fuera una tortillababas all the time la primera cucharada, a la boca; la segunda, al panquequeCuando ya lo tengo casi hecho le pongo el dulce de leche mientras aún está al fuego, así se deshace un poco. Lo enrollo con la paleta y al plato.

¡Tacháááán!

al ataqueeee

Atención a las posibles variantes y versiones mejoradas. Yo me los comí, como dicen por estos lares, así nomás; pero lo suyo es echarle cosas encima. A mí me encanta la nata montada, y con helado de vainilla también queda muy rico. Pero sin duda, como más me gustan son flambeados. Mientras están en la sartén se les echa ron y azúcar, de manera que hace llama. El alcohol se quema y queda el sabor del ron mezclado con el azucar que se ha caramelizado. Ni te cuento lo que es eso.

Bueno, ahora os dejo unos minutos para que vayáis a por el bote de Nocilla para saciar la gula que os acaba de entrar, o pilléis un cacho de turrón, ¡o vayáis a haceros unos panqueques!

¿Ya? Perfecto. Barriga llena, corazón contento, que decía una que no viene al caso.

En segundo lugar, quería agradecer a Nalataia el premio que me ha mandado desde su blog, lo he recibido con mucho cariño. Siempre agrada saber que las cosas que uno escribe, por simples que sean, gustan.
Recibir el premio supone hacer una serie de cosas. No soy muy dada a hacer cadenas, pero considero justo contestar al menos a las preguntas que Nala realizaba a aquellos que recibían el premio. Qué menos.

Bueno Nala, ahí van:

1. No puc anar a dormir si no… / No puedo meterme en la cama si antes… no me quito la ropa. Me molesta para dormir, como mucho me pongo una camiseta si hace frío.
Bueno, y sin hacer pis.
2. Explica’m amb qui vas i… / Dime con quién vas y… quizá dejes de interesarme. Con los años me he vuelto más respetuosa en cuanto a que cada uno haga y piense lo que quiera, pero si no va un poco en sintonía conmigo , no me dan ganas de conocer profundamente a esa persona. Por ejemplo, no podría ser amiga íntima de un sexista, o de un racista, o de un fascista, o de una persona que sólo piense en divertirse y no tenga conciencia social. Mantengo las formas, pero no me pidas más. (No sé si ésa era la respuesta que debía dar, si es incorrecta, haz ¡meeec!)
3. Desig d’any nou? / ¿Deseo de Año Nuevo? Siempre pido por la salud, porque sin ella no tiene sentido nada. Pero este año voy a permitirme pedir que les corten la cabeza a todos los hijos de puta que siguen chupando del bote a costa de las personas que lo único que pretenden es vivir tranquilas. Y que la gente la líe parda de una santa vez, joder. Por desgracia tiene que ser así.
4. Dolç preferit / Dulce favorito: ¡El tiramisú! (¡A ver si un día me lanzo y hago uno, también! Madre mía, estoy que no paro. ¡A engordaaar! Jajajja)
5. Quina illa et compraries? / ¿Qué isla te comprarias? Menorca, sin duda, porque la conozco y me encantó. Pero una de ésas del Pacífico me viene bien, también.
6. Déu o Deesa preferit / Dios o Diosa favorito: Tutatis, dios del pueblecito galo de Astérix y Obélix.
7. Castells de sorra o túnels? / ¿Castillos de arena o  túneles? Yo era de hacer túneles en la playa, cavaba pozos hasta que salía agua.
8. Personatge històric a qui li plantaries una bona bufa a la cara / Personaje histórico al cual le darías una buena bofetada: a Franco. Menudo cabrón. Aunque una bofetada se queda cortísima.
9. Última lectura. Dioses Menores, de Terry Pratchett. Hace un montón que no leo, por cierto…
10. El teu moment troll de l’any / Tu momento troll del año. ¿Qué es un momento troll? ^^’
11. Recomana un bloc / Recomienda un blog. Bueno, he leído en tu blog que te gusta mucho la lectura. Uno de mis blogs favoritos es Cotidiano Apocalipsis, mini-historias que ni imaginarías. Mejor que no te diga nada y le eches un vistazo. Creo que te gustará.

El mate (II). Lo que significa.

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Tenía escrita una segunda parte dedicada al mate explicando sus beneficios, pero después de decirme Nalataia en el post anterior que puede ser cancerígeno, no sé si tiene demasiado sentido, jajaja

Así que voy a ir al aspecto más emocional y romántico del mate. Me ha venido a la cabeza la película Requiem for a Dream, en la que los dos se ponen hasta las cejas de cosas que les hacen daño, pero lo hacen para estar unidos y porque se quieren… Bueno, pues algo así.

En fin, que encontré este texto que explica perfectamente la razón de existir del mate, una bebida que no está rica y que por lo visto puede producir cáncer (¡menuda joya!). Pero qué narices, todos la compartimos por estas tierras para sentirnos unidos y en armonía. Total, el mundo debía acabar hoy y no lo ha hecho, así que celebrémoslo tomando mate, ché.

“El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. Una simple infusión, con sabor inconfundible que, incluso, si uno lo degusta seriamente, encuentra que no es rico. Tampoco feo: es sólo mate. 

En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate provoca exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien y te hace pensar cuando estás solo. 
Cuando llega alguien a tu casa, la primera frase es “hola” y la segunda “¿unos mates?”. Esto pasa en todos los hogares, ya sean ricos o pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan*. 

(*en España, la expresión drogarse tiene una connotación fuerte. En Argentina, puede usarse para hacer referencia al simple hecho de fumarse un canuto, por ejemplo)

Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos. Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón… 
Cuando conocés a alguien, lo invitás a compartir unos mates. 
La gente pregunta, cuando no hay confianza: “¿dulce o amargo?”. El otro responde: “como tomes vos”. 

Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. 
La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. 
La yerba no se le niega a nadie. 

Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. 
Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. 
No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.

Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez unos mates solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones. 
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores… 

El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores: 
– Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla está buena; la charla, no el mate.  
– Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar; vos hablas y yo tomo y viceversa. 
– Es la sinceridad para decir: “bien, basta, cambiá la yerba! “
– Es el compañerismo hecho momento. 
– Es la sensibilidad del agua hirviendo. 
– Es el cariño para preguntar, estúpidamente: “está caliente ¿no? “
– Es la modestia de quién ceba mejor mate. 
– Es la generosidad de dar hasta el final. 
– Es la hospitalidad de la invitación, ya sea la alfombra de tela o de pasto. 
– Es la justicia de uno por uno. 
– Es la obligación de decir gracias, al menos una vez al día. 
– Es la actitud ética, franca, leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir un mate que, querido amigo, ahora sabes, no es sólo un mate…”

El mate (I). Lo que es.

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Encontrándome donde me encuentro, no puedo omitir hablar de algo que forma parte de la vida cotidiana del 99% de los argentinos: el mate. Y digo 99% porque me he encontrado con algún argentino que no toma mate habitualmente, incluso que no lo toma porque no le gusta. Pero para la gran mayoría, el mate es algo imprescindible.
Imagino que muchos ya lo conoceréis, porque además es fácil de encontrar en España. Pero todo y eso, me gustaría dedicarle una entrada y acercaros a algo tan típico del país en el que vivo ahora. Porque, además, tomar mate es más de lo que parece a simple vista.

el kitEl mate es una bebida típica de Argentina, aunque también se consume mucho en Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil, según he podido leer por ahí. Se prepara con yerba mate, que es el nombre de la especie arbórea con la que se produce. Vendría a ser como una infusión de sabor amargo, quizá algo fuerte la primera vez que se toma; por eso hay gente que lo toma dulce, con azúcar. Yo prefiero tomarlo amargo, aunque le pongo un pelín de azúcar al principio para suavizarlo un poco (sino me da acidez, jajaja).

Pero, a pesar de que no lo parezca a simple vista, tomar mate es todo un ritual, tanto a la hora de prepararlo como de servirlo.

La preparación

Preparar mate no es difícil, pero tiene su proceso. Para ello necesitamos:

  • Un mate: esto es, el recipiente. Puede ser de calabaza (el más habitual), de madera, metálico, de cerámica… mi mateEl mío es de madera y tiene mi nombre inscrito. En caso de no tener mate, valdría una taza, por ejemplo.
  • Una bombilla: la bombilla vendría a ser una pajita metálica por donde se sorbe el mate.mi bombilla-cascabel En el extremo final de la bombilla se encuentra un bulbo con agujeritos, o en mi caso, una especie de espiral (similar a la cola de una serpiente cascabel) que hace de filto: deja entrar el agua pero no la yerba.
  • Una pava: así llaman a la tetera para calentar el agua. Yo como no tengo (“¿¿no tenés pava??”, me dijo sorprendida una amiga el otro día, “ya sé qué regalarte para Navidad”, acabó diciendo), caliento el agua en un cazo y luego la paso a un termo para que no se enfríe.
  • Y evidentemente, la yerba mate.
  • (Opcional: azúcar).

Para preparar mate, el tema es el siguiente:

  1. Debemos cargar las 2/3 partes del mate con yerba.mate cargado
  2. cargando el mateVolteamos el mate sobre la palma de nuestra mano y lo agitamos un poco. voltear y agitar suavementeEsta operación es para que la yerba más fina (en polvo) quede en la superficie y los cortes más gruesos queden al fondo.
  3. Le damos la vuelta al mate poniéndolo en posición normal muy lentamente, teniendo cuidado que la yerba haya quedado inclinada hacia un costado del mate.
  4. Vertemos agua tibia sobre la parte más vacía del mate (esto se hace para que la yerba no se queme al echarle después agua caliente). vertiendo aguaDejamos absorber un par de minutos y repetimos la operación con el agua caliente. Nuevamente se la deja absorber.
  5. Este es el momento en que se debe introducir la bombilla hasta el fondo en el mismo lado casi vacío, tapando con el pulgar la boquilla para que no entre aire y se tape.introduccón de la bombilla

A partir de este momento que se comienza a cebar (cebar significa servir, echarle el agua) el mate con agua caliente pero nunca hirviendo (he leído que a unos 80º, pero yo no la caliento demasiado porque me quemo enseguida  ^^’ ). Si se tiene cuidado y se vuelca el agua en forma de un chorrito fino, la yerba del lado contrario quedará seca por un buen tiempo. El buen cebador (el cebador es quien sirve el mate, siempre es la misma persona) va corriendo el lugar donde echa el chorro de agua y comienza a mojar la parte seca de la yerba para ir incorporándola lentamente. De esta forma prolonga el sabor de la mateada de manera equilibrada.

A medida que comienzan a aparecer los palitos de yerba flotando (habían quedado en la parte de abajo del mate cuando lo hemos sacudido) significa que el mate está lavado, esto es, que ya ha perdido casi todo el sabor. El buen cebador reemplaza parte de la yerba para seguir mateando (y conversando, algo que a los argentinos también les encanta).
Para aquellos que quieran tomar el mate dulce, basta con ir agregando azúcar de vez en cuando.

El tomar mate se ha convertido en un hábito social que se realiza muchas veces en conjunto. Es decir que varias personas comparten el mismo mate, llenándolo completamente para cada bebedor, donde uno de ellos oficia de cebador. Este cebador es el encargado de llenar el mate y, a modo de ronda, pasarlo al siguiente bebedor. Por lo que pude leer una vez, la ronda de mates la empieza el cebador, y luego sigue hacia la derecha. El mate debe entregarse siempre con la bombilla mirando hacia la persona que lo va a tomar. Y es importante no colgarse con el mate en la mano, porque seguramente salte alguno diciendo “dale, boludo, largá el mate!”.

Si bien puede gustar más o menos su sabor, a mí lo que más me gusta de tomar mate es la compañía que te hace si lo tomas solo (como ahora mismo, que me acompaña mientras escribo estas líneas), y la sociabilidad y buenrollismo que produce tomarlo en compañía. Os lo recomiendo a todos.

a matear!