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La Revolución

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Sin haber tomado nunca la decisión, había decidido conservar hasta el fin de sus días a un amante de cada década.
De la primera década de su existencia, por razones obvias, no había amante. De la segunda no conservó ninguno, quizá porque los que tuvo fueron todos muy malos.
Sí conservó en su vida a un amante de primeros de sus veinte. Veintidós o veintitrés eran. Alguna vez estuvo enamorada de él, eso creía ella, eso creía recordar. Ahora, tras décadas de distancia, sabía que de alguna manera, un trocito de ella (el trocito de veintidós o veintitrés) lo seguía amando como entonces. Hubo piel, mucha, y eso no se borraba con los años.

También conservó un amante de los treinta. Treinta y cuatro. Era otra cosa. Sin enamoramiento como el de los veintidós (o veintitrés), pero con amor también. Desde el principio fue su voz (lo primero que conoció de él) lo que la atrapó, luego sus palabras, su forma de expresarse, su manera de pensar. Se creó una imagen tan potente de él que, años después, cuando por fin se conocieron en persona, no importó nada más. No importaron los defectos, no importaron las imperfecciones. Todo estaba armado ya en la mente de ella, y era demasiado fuerte como para entrar en detalles superficiales.

Su último amante fue de sus cuarenta. Cuarenta redondos. En este caso fue él quien la cortejó a ella (ella siempre se dejaba). Sin rodeos, sin tiempo para conocerse, o para enamorarse, o para escucharse, o para saber qué pensaba uno u otro sobre tal aspecto de la vida. No hizo falta porque el primer día que se cruzaron, de alguna manera ya entendieron todo eso, de alguna manera ya lo sabían. No era la primera vez que les pasaba y llevaban esa ventaja. Y se tomaron. Sabían que para siempre.

No hubo más amantes desde aquél. Quizá porque la edad apacigua algunas cosas, quizá porque ya había encontrado todo lo que necesitaba encontrar en ellos tres. No hubo más amantes, pero los encuentros con los tres, con sus tres décadas, se dieron a lo largo de toda su vida. Nunca demasiado a menudo, nunca demasiado programado. Observado en conjunto, eran dosis servidas con cuentagotas a lo largo de su línea de tiempo. Pero los necesitaba como si fueran el 2 del O2. Nunca pudo excluirlos, nunca lo intentó tampoco. Ellos tampoco pudieron, aunque lo intentaran. Desaparecían por algún tiempo, pero siempre, tarde o temprano, volvían. La amaban, y ella a ellos. Aunque sabía que no iba a terminar su vida con ninguno, sabía que era alma gemela de todos. Todos locos, todos inquietos, todos inteligentes, todos artistas, todos pensadores. Todos locos, ella loca por todos y ellos locos por ella.

 

Al final de su vida, cuando creía que ya lo había entendido y aprendido todo, descubrió que siempre estuvo buscando lo mismo en sus amantes, que todos eran una versión distinta de una misma cosa con la que ella no era compatible, pero que deseaba incontrolablemente, aún siendo anciana. Lo había deseado siempre, era esencial, sumamente esencial. Por eso los necesitaba a todos. Por eso, por pocos momentos que pudiera compartir con ellos, no podía no tenerlos. Por eso seguían erotizándola, más allá de las canas, más allá de la piel arrugada y la frágil delgadez. En su mente seguían siendo jóvenes y ardientes, y entrañables. Necesitaba sus tres décadas, necesitaba sus tres amantes.
Uno de ellos le dijo una vez que ella era la revolución, la que provocaba todo eso. Y es que no había nada más revolucionario que el amor cuando el odio manipulaba títeres. El amor en cualquiera de sus formas. Tanto amor tenía dentro, que murió de amor a los ochenta y seis. Habiendo amado absoluta y locamente. Absoluta y locamente amada.

 

 

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Es que yo soy muy culta

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Tiendecita de menaje y decoración de pueblo. 16:47h (+4 horas en España, +3 horas en Canarias).

Entran dos mujeres. Una de ellas se dirige a mí y me pregunta, emanando un aliento que ni el peor de los trolls:

– ¿Tienen vasos chiquititos?
– ¿Como de chupito? – le digo yo, retrocediendo un paso.
– ¿Y esos como son?
– Acompáñeme que se los muestro -digo mientras me dirijo a la zona de bazar-. Son estos, señora, ideales para el tequila o para cualquier licor que se le ocurra.
– En realidad es para un culto.
– …
-Somos de la Iglesia de Nuestro Señor del Séptimo Día -dice con cara de orgullo.
– …
– ¿La conoces?
– Pues no…
Me mira como si hubiera dicho una barbaridad.
– Es que no hace demasiado que vivo aquí, y aún no conozco mucho… -me apresuro a decir, no vaya a ser que esa mujer me tire un mal de ojo del séptimo día.
– Ahora tenemos un culto, y vamos a necesitar comprar muchas cosas -me dice, haciéndose la importante.
– Pues muy bien, aquí las esperamos cuando quieran, entonces.

Y se fueron sin comprar nada.

Y digo yo: ¿será que siendo del séptimo día, vienen a preguntar precios y hasta el séptimo día no pasan a comprar los vasos? ¿Será que siendo del séptimo día, y con semejante aliento, sólo se lavan los dientes en domingo?

 

Pueblos.

Disculpen el retraso…

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… es que la mudanza me ha llevado más faena de la que pensaba. Bueno, en realidad no, porque ya sabía que me esperaba un faenón tremendo. Y es que no ha sido una mudanza convencional, a ella se han sumado muchas otras cosas.

 

Básicamente, porque he pasado de vivir aquí…

 

…a vivir aquí.

 

El perrito piloto para quien lo adivine.

Una caja de zapatos

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En una caja de zapatos no caben muchas cosas. Aparentemente.

Inmersa en mi rutina de organizar y empaquetar cosas, hoy he encontrado una caja de zapatos cuyo contenido es, cuanto menos, pintoresco. Voy a obviar las cartas y postales, que están en toda Caja de Zapatos De Los Recuerdos que se precie (¿quién necesita un baúl de los recuerdos teniendo cajas de zapatos?), y voy a ir directamente a las cosas más curiosas (algunas de ellas ni las recordaba).
La cartera que me regalaron en el local donde me hice mi primer piercing, el del ombligo: dentro de la cartera se incluye el carnet del lugar (para descuentos en futuros piercings y tatoos), un folleto con las instrucciones para el cuidado del piercing, una gargantilla con una brujita (el local se llama L’Embruix -El Embrujo-), un mechero, y un condón XXL que jamás llegué a usar, por eso está ahí (caducó en enero del 2004).

La agenda del amor: una agenda que usaba cuando era adolescente. En ella hacía un seguimiento de los hechizos de amor que iba relizando (basados en un libro de Esperanza Gracia, que en aquella época estaba que se salía), y la eficacia o no de éstos sobre Enric, el chico del instituto que me gustaba (nos gustaba a todas, y cuando se hizo las rastas, más). Como era de esperar, los hechizos no tuvieron el más mínimo efecto. El fin de nuestro cortejo (bueno, de mi cortejo, porque él no cortejaba nada, al menos conmigo) fue el día que me pillé una cogorza del mil en un cumpleaños, me declaré al pobre chaval -que me estuvo aguantando como un campeón toda la noche- y a la semana me dio calabazas.

– La baraja del Tarot (me dio muy fuerte con el esoterismo, sí): una baraja que jamás supe usar (no veas si tiene cartas, con ellas se podría jugar unos remigios que ni te cuento), pero que tiene unos dibujos muy bonitos (a lo mejor las uso alguna vez para hacer un collage, o algo así). Junto a la baraja, hay cartas sueltas que seguro debí recoger en su día por la calle. Siempre que me encuentro una carta en la calle la recojo. Según mi madre, esas cosas significan algo (no sé qué significará un As de Corazones en la que aparece un tío haciéndole el dorso a una rubia). Por si con esto no fuera suficiente, he encontrado también papelitos recortados de vete a saber dónde, que publicitan hoteles para encuentros discretos, supongo que con la intención de ir algún día. Eso jamás sucedió.

Fotografías: entre ellas, las de mi primero novio (¿se considera novio cuando dura un mes?), el senegalés. Junto a las fotos, una hoja de papel en la que escribí datos de interés sobre Senegal: población, partidos políticos, religión… La otra fotografía es de un amigo con derecho a roce que me encantaba. Estudiaba cine y me hizo una lista de películas imperdibles que aún guardo. Las otras dos cartas corresponden a un tío con el que me carteé tras poner un anuncio en El Periódico (cuando dejé de estudiar me aburría mucho). Me bastó una sola carta suya para dejar de escribirle. La otra es una postal de mi ex, diciéndome que iba a estar siempre.

– Y ahora la sección ¿¿Esto me pasó a mí??, que tenía totalmente olvidada: para que se entienda diré que hace diez años estuve trabajando en una de las tiendas de la Estación de Sants, lugar de paso de mucha gente. Haber trabajado allí durante cinco años me ha dejado muchas anécdotas, pero estas dos me han sorprendido hasta a mí, ya que ni las recordaba.
Por un lado tenemos a Ernest. No recuerdo cómo llegó a mí esa carta (supongo que alguien la dejaría en el mostrador de la tienda). Incluía un poema de Borges y un e-mail de contacto. Recuerdo haberle escrito, por curiosidad. Ésta fue su respuesta:

Y por otro lado tenemos a Frank, el holandés. Tampoco sé cómo llegó a mí la postal, imagino que de la misma manera que la anterior carta. Como una imagen vale más que mil palabras, aquí dejo la foto.


Aparentemente, en una caja de zapatos no caben muchas cosas. Pero sí muchas historias.

Objetos perdidos

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Lo último que recordaba era el sonido constante e intenso de un cláxon mientras cruzaba la calle. Luego un golpe seco.

Cuando despertó sabía que estaba muerta. Junto a ella, en el suelo (si es que a aquello se le podía llamar suelo), vio un objeto pequeño. Era el mechero que tanto le había dolido perder hacía veinte años. Miró a su alrededor. No había nubes blancas con aspecto de algodón, ni querubines alados, ni puertas de hierro forjado gigantes flanqueadas por hombres con túnica. Tampoco había olor a azufre, ni llamas eternas, ni hombrecillos con tridentes. No había nada de eso. A su alrededor sólo había montañas y montañas infinitas como el universo de mecheros, pinzas de tender, gomas de pelo, horquillas, calcetines desemparejados, alfileres, llaves de candados.

Pensó que ya podía morir tranquila (si tuviera que morir de nuevo, claro): ya sabía dónde iban a parar todas aquellas cosas que las personas perdían a lo largo de su vida. Y resulta que es allí donde acababan las almas. Las perdidas.

Memoria

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A propósito de la memoria y los recuerdos, ayer leía esto: “Los recuerdos son lo único que nos pertenece. Están hechos a nuestra imagen y semejanza. Dime qué recuerdas y te diré cómo te lo inventas. Ficción basada en hechos reales“. No me pudo parecer más acertada (y bella) esa descripción.
Precisamente esta mañana, durante una conversación, he verificado (una vez más) que un mismo recuerdo puede ser recordado por dos personas de muy distinta manera.
Y la verdad es que estas cosas a mí no dejan de provocarme perplejidad.

Si hay algo que me intriga del ser humano es el cerebro. Sé que es un tema recurrente, objeto de miles de estudios científicos, programas de televisión y debates. Pero por mucho que pueda ser analizado me sigue pareciendo increíble todo lo que rodea su existencia y funcionamiento.
Cuando uno compra riñones o hígado para hacer a la plancha, o ve cómo destripan a un pollo, o cómo le sacan los ojos a un pescado puede no sentir nada, sentir asco, o incluso parecerle divertido (a mí lo de los ojos del pescado me hace mucha gracia). Pero ¿quién no ha visto en una carnicería los sesos de algún animal y los ha estado observando durante unos segundos, semi hechizado? Yo creo que es algo más o menos generalizado. Sus formas y recovecos parecen esconder, como los laberintos a los que tanto se asemejan, misterios a los que tenemos acceso restringido.
Y lo que gustan los cerebros. No me refiero a la gastronomía, sino a lo infinitamente erótica que puede resultar una persona físicamente no atractiva, pero que sin embargo tenga pensamiento crítico, conversación, curiosidad, arte. El cerebro es un arma tremenda, por eso muchos se preocupan de que no se desarrolle lo suficiente.

Volviendo a los tantos misterios del cerebro, confiamos especialmente en uno de ellos: la memoria y los recuerdos. Muchas veces son fiables y reales, y es gracias a ellos que podemos evolucionar, madurar y en definitiva, vivir. Pero ¿cuántas veces hemos afirmado algo basándonos en un recuerdo, con una certeza y un convencimiento absolutos, y luego ha resultado que estábamos equivocados? Mientras hablas ves en tu mente lo que estás diciendo, pondrías la mano en el fuego y no te quemarías (crees), das todo un discurso, mil y un detalles… y de pronto alguien dice algo que manda esa coherencia al garete. Y uno frunce el ceño, y queda pensando.

Dejando de lado las discusiones que puedan crearse por recordar cosas de distinto modo, pienso en mis recuerdos. En los míos propios. En los de cuando era pequeña. O los de la primera vez que me enamoré. No sé por qué tengo tan pocos recuerdos, y los pocos que tengo ni siquiera sé si son reales o los he inventado yo. Es por eso que saco tantas fotos, y guardo muchas cosas. Para tenerlas de recuerdo, porque no deja de ser una forma de intentar no olvidar.

Tengo muy mala memoria, si alguna vez nos cruzamos por la calle y no os reconozco no os enfadéis conmigo.

La desintegración de la persistencia de la memoria. Dalí. 1952.

¿Nuestra vida o la de ellos?

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Imaginaos escribiendo con una pluma, de ésas antiguas de antes, una pluma preciosa, aparentemente perfecta. Pero no tiene tinta. No funciona, y aún y así la seguís usando.

Imaginaos con un libro entre las manos. Un libro con encuadernado de cuero y hojas de papel grueso y rugoso. Un libro que todo el mundo querría leer. Aunque no tenga letras. 

Imaginaos un cine. Pantalla gigante, cortinajes rojos de terciopelo, amplios butacones. No se proyecta nada, no hay película; pero todo y así, todos pagamos la entrada.

Imaginaos un guiso, el que prefiráis: el de mamá, el de la abuela, el que hacéis vosotros. Imaginaos realizarlo con el mejor sofrito del mundo como base, y salpimentarlo, condimentarlo con mil especias. Y que luego, cuando lo coméis, no sabe a nada. Aunque no importa, todo el mundo va a decir que ese guiso tiene todos los ingredientes necesarios para que sea perfecto.

Y yo me sigo preguntando cómo es posible que muchos aún no se den cuenta de que nuestro destino está escrito con una pluma chapada en oro, que sólo unos cuantos poseen. Nuestro destino puede leerse en cualquier libro antiguo, porque no es nuevo. Puede verse proyectado en la mejor sala de cine porque ya sucedió, y ya se hicieron películas sobre ello. Nuestro destino está sazonado con un sinfín de aderezos, pero no sabe a nada.
Y escribe una persona que no cree en el destino.

Pero ¡alto! ¡Que nadie se tire por la ventana! (Al menos no todavía). No todo está perdido.

El Gato de Chesire tenía toda la razón del mundo:

– Sólo quiero saber qué camino debo tomar.
– Pues depende a dónde quieras ir tú.
– Eso no importa, si tu me dices…
– Entonces, ¡realmente no importa el camino que escojas!

 Hay dos tipos de personas: las que deciden y las que dejan a los demás decidir por uno.