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Diez bobadas que me vuelven loca

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Las tobilleras que no se pueden quitar hasta que se rompen. Hace unos diez años, le compré unas pulseras de cuerda a una gitana. Me las puse en el tobillo izquierdo, donde permanecieron durante seis años hasta que se rompieron. Al instante las sustituí por un collarcito hecho con bolitas e hilo de pescar. Y hasta el día de hoy.

 

El crec de la tijera cuando me corto el pelo.

El desorden ordenado de mis libros. Desde que he dejado de ser una persona organizada (sobretodo a nivel mental) me da la sensación de que están más bonitos que cuando los ordenaba por tamaños o temas.

Las cosquillitas en la espalda. Era el único modo que tenía mi madre de conseguir que me durmiera cuando era pequeña. Hoy me siguen gustando igual que entonces (y las cosquillitas en el cuello, y las cosquillitas en los brazos, y las cosquillitas en las piernas… tonta, me dicen)

La naturaleza muerta en casa. Las flores secas, los adornos de trigo, los pupurris que venden en bolsas. Creo que hacen el lugar más acogedor.

El chasquido del hielo cuando entra en contacto con un líquido tibio (el momento cúspide de un gintonic no es cuando me lo bebo, sino cuando me lo sirvo).

Toquetear pescado. Limpiarlo, ponerlo bajo el chorro de agua mientras lo acaricio con cuidado, tan suave y frágil… Sacarle las vísceras, cortar las cabezas. Me gusta como huelen las pescaderías.

Que la lluvia me sorprenda en la calle cuando no hace frío. Me encanta esa mezcla entre cálido y refrescante al mojarme bajo las lluvias de verano, sentir como las gotas calentitas van golpeándome mientras paseo. Llegar a casa con el pelo empapado.

Enterrar los pies en la arena mientras tomo el sol en la playa.

(Entrada plagiada descaradamente y sin ningun tipo de pudor de ésta escrita por H@n)

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Los polos opuestos – Historias de parra-ficción (1)

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La mujer del cráneo más pequeño de lo normal sentía que le crecía el cerebro. No porque fuera más inteligente que antes, sino porque tenía más información que antes.

La mujer del cráneo más pequeño de lo normal tenía la sensación de que le iba a explotar. Pensaba en aquella leyenda urbana sobre los doberman, la que decía que el cerebro les crecía más que el cráneo y que el dolor los acababa volviendo locos. Era una leyenda absurda, pero tenía bastante sentido.
Tras este pensamiento, tomó ibuprofeno con la expectativa de que le bajara la hinchazón encefálica. No funcionó. Posó una bolsa de hielo sobre su cabeza. Tampoco funcionó.

La mujer del cráneo más pequeño de lo normal pensó en los globos de las fiestas de cumpleaños de su infancia. Siempre se quedaba con alguno durante unos días, hasta que se deshinchaba del todo y había que tirarlo.

Si no hacía con su cabeza como con los globos se volvería loca como los doberman (sabía que no era cierto, pero creía que podía serlo).
La mujer del cráneo más pequeño de lo normal obvió -un poco- la información, dejó pasar los días, y el tamaño de su cerebro fue disminuyendo poco a poco, muy despacio, mucho más despacio de lo que lo hacían los globos de sus fiestas de cumpleaños.

Sabía que tenía que mantener el control. Que tendría que hacerlo de ahora en adelante porque ya no había marcha atrás. Si absorbía demasiado se iba a volver loca, pero si dejaba que su cerebro se deshinchara del todo estaría muerta.

Peco-invento 2

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Libros impermeables. ¿Por qué no existen?
Sí que existe esa especie de libros acolchados de plástico para bebés. Qué injusto, hay libros impermeables para personas que aún no saben leer (¿por qué?, ¿para qué?) y no existen para los que sabemos leer.

Yo quiero leer en el mar. Leer tumbada en la arena me resulta muy incómodo, pero no me gusta llevarme hamacas a la playa. La playa es para estar tumbado en la arena. Pero en la arena es muy difícil leer. Qué dicotomía.

El sábado pensaba, mientras hacía el muerto en el agua y se me congelaban los dedos de los pies, en lo cómodo que podría ser leer en el agua. Uno en el agua no pesa, no se le clava nada y, una vez dominado el arte de hacer el muerto y pasar páginas a la vez, debe ser la repanocha leer en el mar. O en la orilla de una de esas playas llanas, de las que andas y andas y el nivel del mar nunca pasa de la rodilla. ¿No sería ideal poder tumbarse en la arena, dentro del mar, y leer un libro impermeable? Uno no tendría que preocuparse nunca de si va a venir una ola y lo va a mojar, o de si se nos resbala de las manos y cae al agua. Incluso podríamos nadar con el libro bajo el brazo un ratito, hasta alcanzar un islote cercano, salir del agua, seguir leyendo allí y luego volver.

 

 

Yo quiero un libro impermeable para leer en el mar.

En peligro de extinción

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Últimamente se habla muchísimo de cosas en peligro de extición: los elefantes, la monarquía, los derechos laborales, la sanidad pública, las huelgas generales… y hoy los libros. Esas cosas llenas de hojas de papel, a su vez llenas de letras, en algunos casos acompañadas de ilustraciones y/o fotografías.

El otro día hablábamos en clase de italiano de cómo imaginábamos el futuro. No es difícil pronosticar un futuro sin libros, aunque espero que no sea así: pocas cosas son tan mágicas como un libro (sí, las tablets, los ebooks y todo eso son una flipada, pero qué quereis que os diga, un libro lo puedes hojear, y subrayar, y escribir notas en los márgenes, y ponerlo en una estantería junto a otros libros creando un ambiente de lo más acogedor… eso sí que mola, y eso no lo tienen los ebooks, por muy prácticos, y blablabla que sean).

Pero bueno, al final el tema es leer: leer novelas, leer prensa, leer ensayos, leer artículos, leer poesía. Sean selectivos (no todos los libros, sólo por ser libros, son dignos de leer). Sean críticos, contrasten informaciones. Hoy en día, leer y ser curioso es más importante que nunca.

Feliz Día de Sant Jordi. Feliz Día Internacional del Libro.