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Ssssssh…

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Ya pasó el verano. Otro más. Un verano que más que verano fue otoño. Ahora el otoño adelantó la nieve invernal. No me quiero imaginar lo que será el invierno cuando llegue.

Recuerdo el verano pasado, mi primer verano patagónico. Fue increíble. Usé todas las camisetas de tirantes, vestiditos… incluso las sandalias que tanto dudé en traerme. Venía de un verano intensísimo en Barcelona (ese infierno que casi me hace perder el conocimiento en plena calle en un par de ocasiones), y empalmé con un verano inolvidable: sin viento (algo muy de estos lares), sin frío (algo muy de estos lares) y con muchos temblores (algo muy de estos lares). No te acostumbres, los veranos aquí no son esto, me decían. Y tenían razón. Este verano ha sido todo lo contrario: viento (cuando digo viento digo más de 80 Km/h), frío (cuando digo frío digo 0º), lluvia (muy soso, sin rayos ni truenos; aquí no hay tormentas eléctricas, nunca)  y ni un temblor sísmico. Un rollo.

 

Empapada de verano. 2013

Empapada de verano. 2013

De alguna manera preferí que así fuera. El trabajo me dejaba poco tiempo para disfrutar del lugar y del verano, así que me daba lo mismo. Y estar en el hotel cuando llueve y hace frío es genial.
Ahora que ha terminado la temporada alta aún me gusta más ir a trabajar. Hay muy poca gente en el hotel, lo cual lo hace más tranquilo. Es un hotel enorme y precioso, muy de película.
Me encanta trabajar en el turno tarde, mi turno habitual. Entrar al mediodía, recibir a la gente que llega, recomendarles dónde cenar, darles las buenas noches… Y quedarme sola. Quedarme sola en un hotel por la noche es una de las mejores cosas que he experimentado hasta ahora. Disminuyo la intensidad de las luces del vestíbulo (con una de esas rueditas que la gradúan), apago el hilo musical y leo, o tomo un café, o no hago nada. Simplemente escucho el silencio. A veces salgo afuera, la luna se ve enorme aquí, tan al sur.
El silencio es una de las mejores cosas del mundo. No todo el mundo entiende eso.
No sé qué tengo en la cara, pero la gente se me pone a hablar de cualquier cosa. Como si yo quisiera escucharles, como si yo hubiera preguntado. Caen las once de la noche, ese momento que he esperado durante toda la tarde. El mejor momento del día. Y aparece El De Seguridad, y me cuenta que nació en nosédónde, y que se vino aquí por su hijo, pero que sino él viviría allí, pero que qué le va a hacer. Mientras él blablabla yo pienso en que no me importa nada de lo que me está contando, en que llevo toda la tarde hablando con gente, contestando mil preguntas y en que quiero que se vaya. Es buena gente, pero quiero que se vaya.
A veces viene El De Mantenimiento, que se va a las diez y media. Y tres cuartos de lo mismo. Los últimos veinte minutos antes de finalizar su turno los pasa en el mostrador de la recepción, preguntando cualquier tontería. Y vuelvo a pensar lo mismo: es buena gente, pero quiero que se vaya. Vete, cállate y vete; pienso mientras él parlotea.
La Otra De Seguridad a veces me llama por si necesito algo. ‘Hay que ver, una chica sola, a estas horas de la noche. No sé cómo pueden dejarte ahí sin nadie más’, me dice. ‘No, si a mí me encanta’. ‘Ah, sí?’ ‘Sí. El silencio, estar sola. No me molesta para nada’.
A veces no sé (ni quiero) ser sutil.

Me gusta el hotel de noche. No se escucha nada. Excepto algún fantasma que al caminar hace crujir la madera. Fantasmas de verdad, no de los otros.

 

Ni un alma

 

Dicen que en ese sofá se suele sentar el fundador del hotel a leer por la noche. Murió hace diez años.

Dicen que en ese sofá se suele sentar el fundador del hotel a leer por la noche. Murió hace diez años.

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A.F.T.E.R. (Aquí Flipas Todo El Rato)

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No es la primera vez (no sé si será la última) que digo que no salgo y acabo desayunando café con leche y crusán después de bailotear toda la noche.

El sábado celebramos el cumpleaños de mi hermana. Lo que empezó siendo una noche algo extraña acabó como no había terminado nunca, al menos para mí. Empezó con unas diez personas en casa que inicialmente no sabían muy bien como relacionarse entre ellas, y finalizó con los más guays (porque éramos los más guays, los demás nos hicieron un favor yéndose) saliendo a bailar (no, no, yo a bailar no voy, ¡pues toma, bocazas!) al lugar de siempre (bueno, de mis siempres, que son casinuncas).
Pero había un fin más allá del fin.

Habíamos llegado al local sobre cuya pista se suponía que íbamos a darlo todo a las cuatro de la mañana (dados los recortes que han hecho los de Transports Metropolitans de Barcelona, lo que debería ser un trayecto de media hora duró una hora entera. Gracias TMB). Cuando a las seis nosotros estábamos bailando como nunca, con el subidón a flor de piel, nos encendieron las luces. Todos tuvimos la sensación de que nos habían robado una parte de noche (y lo habían hecho. Los de TMB).

Mientras salíamos a la calle, alguien dijo ¿nos vamos de after? Así que nos fuimos de after.
Yo no había ido a un after en mi vida, porque siempre he considerado que esos lugares son decadentes y están llenos de gente puesta hasta las cejas. Pues efectivamente era así, decadente y con gente puestísima, aunque tengo que decir que había mejor ambiente del que imaginaba. La mayoría de clientes eran hombres (dos perfiles: el típico armario ropero y el típico pureta, ambos con las pupilas como discos de cuarenta y cinco revoluciones) y transexuales del barrio (mi hermana se encontró a una clienta suya).
A mi amiga le ofrecieron coca dos veces en los baños. A mí ninguna. Debo tener la cara menos after de la historia.

La anécdota del after (a parte de que ir a un after ya es anécdota de por sí): mi hermana y yo nos vamos a sentar a una mesita redonda que había en un rincón. De golpe y de repente viene un tío de dos de alto por dos de ancho con los ojos como el carbón, se sienta al lado de mi hermana y nos dice “¡mesa camilla, mesa camilla! ¡Mujeres y hombres y viceversa!”, con una emoción tanto exagerada como incomprensible para nosotrasLas dos nos miramos y soltamos algo en plan pero qué dice el flipado este y el tío, viendo que no le seguíamos el rollo, se levanta y se va como si nada. (Otro nos habría partido la cara por bordes, pero no fue el caso. Por eso digo que el ambiente dentro de todo era bastante tranquilo.)
En menos de una hora volvemos las dos a sentarnos en el mismo lugar (desde luego, no estábamos muy afters). A los tres minutos aparece ¡el mismo tío!, se vuelve a sentar al lado de mi hermana y suelta, con la misma emoción de hace una hora: “¡Mesa camilla! ¡Mujeres, hombres y viceversa! ¡Confesión, confesión!”. Pero bueno, ¿¿otra vez??, dijo alguna de nosotras. El chavalote se vuelve a levantar y se vuelve a ir.
Te debes tirar media vida en el gimnasio, otra media metiéndote mierda, y el tiempo que te sobra lo dedicas a ver Mujeres, hombres y viceversa. ¡Bravo!

Al cabo del rato dije a la troupe que quien quisiera venirse conmigo a desayunar pues perfecto, y el que no, pues que le aprovechara la noche (o la mañana, porque ya eran las nueve), pero lo que es una ya había tenido bastante.
A las once entré por la puerta de casa con un café y un crusán entre pecho y espalda, y un buen montón de risas acomuladas durante buena parte de la noche.  Y de la mañana.

Después de la tormenta, llueve – Historias de parra ficción (5)

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El hombre que no podía irse a dormir después de una discusión sin poner las cartas sobre la mesa se fue a dormir después de una discusión sin poner las cartas sobre la mesa. Dada la imposibilidad de conciliar el sueño, se sentó en el borde de la cama durante unos minutos, pensativo (ella se había quedado en el sofá viendo una película, o haciendo ver que veía una película).

El hombre se levantó, se puso lo que siempre se ponía cuando tenía que salir de casa a hacer un recado rápido, a por tabaco, al cajero, a comprar aquel ingrediente que faltaba para la cena. Cogió las llaves de encima de la mesa (ella hizo ver que no le veía), abrió la nevera, sacó una lata de cerveza, agarró la bolsa de la basura que había en la puerta y se fue.

En el ascensor abrió la lata y tomó un buen trago.
Había un contenedor en la vuelta de la esquina, pero él prefirió ir al que estaba más lejos. La noche y la cerveza tenían la temperatura perfecta e incitaban a dar un paseo que le refrescara la cabeza. Una vez se deshizo de la basura, pensó en sentarse y disfrutar de la noche, pero cuando encontró el banco ideal en la calle ideal, un perro (de esos pequeños que ladran tan agudo que destrozan el tímpano) rompió el silencio imperante desde un balcón. Aquel momento de evasión se vio quebrantado de un modo tan irritante que sintió que lo mejor era volver a casa.

Ella había apagado el televisor, y dormía en el sofá.
Mientras él se preparaba un gintonic con más ginebra de lo habitual, se preguntaba porque las mismas personas a las que amaba tanto eran las mismas a las que más podía llegar a odiar en un momento dado.
Cuando el gintonic estaba a la mitad, se preguntó si odiar era la palabra.

 

El hombre que no podía irse a dormir después de una discusión sin poner las cartas sobre la mesa pensó en las cosas que le podría haber dicho antes de que ella se quedara dormida en el sofá. Posiblemente si lo hubiera hecho ya estaría dormido. O posiblemente no.

Revolución de quita y pon

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Cuando la veía hablarme de anticapitalismo mientras llevaba puestos unos pendientes de Tiffany sabía que algo iba mal. Efectivamente, con la llegada del verano ha cambiado la revolución con la que tanto se le había llenado la boca por los festivales de música electrónica.

Hace dos semanas que no debatimos nada (y con rescate de por medio, ¡con lo que habríamos disfrutado hablando de eso hace un mes!). Qué fácil es limpiar conciencias llenando el facebook de fotografías de los mineros.

En fin, otra decepción más, para no perder la costumbre. Como siempre dice ella, precisamente: nos merecemos tó lo malo.

***

– ¿Quién ganó ayer en Grecia?
– Alemania.

El miedo pueblo ha hablado.

***

Por lo que a mí respecta, ya me han cansado. Todos.

¿Puedo arrancarte la cabeza, hermosura?

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(Ésta es una de esas entradas en la que pongo a parir a alguien. Hacía tiempo que no usaba este recurso estilístico, así que es posible que se aprecie cierto recreo en el texto.)

 
Hace unas semanas fui al cumpleaños de una amiga. Lo que tenía que ser una cena íntima al final resultó ser un pupurri de personas venidas de distintos ámbitos sociales de la cumpleañera: compañeras de trabajo, contactos de las redes sociales, amigas de toda la vida, vecinos, amantes, amigos de amigos…
No me suponen ningún problema los eventos sociales en los que haya desconocidos, siempre es agradable charlar con gente nueva. El problema lo tengo cuando me encuentro con personas que en lugar de cerebro tienen un bolso (de firma, eso sí) y además creen que son alguien (y simplemente son personas con bolsos en lugar de cerebros).

A veces puedo ser bastante prejuiciosa. Pero también reconozco que muchas veces no me equivoco. En cuanto la vi pensé de ella que era un maniquí, pero en cuanto abrió la boca me dejó claro que no estábamos delante de un maniquí inteligente, ni siquiera delante de un maniquí tonto de los que hacen un favor a la humanidad y apenas hablan porque no saben. Estábamos delante de una de esas guapas que creen que son superiores al resto del mundo. Una de esas guapas que pronuncia la ‘s’ como si fuera a extinguirse en qualquier momento y que mueve la melena con cada signo de puntuación. Una de ésas que, ni siquiera estando en el cumpleaños de otra persona, puede evitar hablar todo el tiempo de sí misma. La guapa con cerebro de bolso se tomó la molestia de dejarnos a todos bien claro, así, sin venir a cuento, que ella era cantante.
Cuando en una fiesta la gente bebe y canta por la calle no hace el ridículo, porque todos van borrachos. Pero si estás en la puerta del restaurante fumándote un cigarrillo, y te pones a cantar uno de esos temas dance de tus performances, y levantas una pierna a lo Fama sin importarte que esté la terraza hasta el culo de gente tomando cañas; si haces todo eso cuando a la gente aún no le ha afectado la ingesta de alcohol, no quedas como una tía guay y moderna, quedas como una absoluta y completa gilipollas. Como mi capacidad de tolerancia y disimulo es bastante nula, mi cara en aquel momento debía ser un poema. No tuve reparo en darme media vuelta e irme, por si se me contagiaba algo.

¿Has escuchado lo que dijo cuando estábamos tomando los cafés?, me dice mi hermana al día siguiente.
La situación fue así de sencilla y campechana (¡a quién se le ocurre se campechano con una diva!): uno de los presentes se acercó a donde estaban la cumpleañera y sus compañeras de trabajo (entre ellas, ella) a contar un chiste (conociendo a la persona, probablemente era un chiste malo). Cuando terminó se lo quedaron todas mirando (seguramente el chiste debía ser demasiado complejo), a lo que él respondió volviendo tan feliz a su zona de la mesa a acabarse su pacharán. Fue entonces cuando la cabeza-de-bolso le soltó a la cumpleañera: De dónde los has sacado a todos, ¿de un autobús?. Habló la señorita que se había desplazado al restaurante en su coche con GPS y todo y así se había perdido. Habló la señorita que no sabe que El Molino está en el Paralelo porque no se mueve por ‘estos barrios’.

Me resbalan infinitamente las opiniones de las personas sin cerebro, pero me molesta su existencia. Qué ganas, de verdad, de decirle finamente, tan fina como es ella: ¿puedo arrancarte la cabeza, reina? Tocaríamos a más oxígeno por cabeza. Por cabeza arrancada, claro.