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Es que yo soy muy culta

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Tiendecita de menaje y decoración de pueblo. 16:47h (+4 horas en España, +3 horas en Canarias).

Entran dos mujeres. Una de ellas se dirige a mí y me pregunta, emanando un aliento que ni el peor de los trolls:

– ¿Tienen vasos chiquititos?
– ¿Como de chupito? – le digo yo, retrocediendo un paso.
– ¿Y esos como son?
– Acompáñeme que se los muestro -digo mientras me dirijo a la zona de bazar-. Son estos, señora, ideales para el tequila o para cualquier licor que se le ocurra.
– En realidad es para un culto.
– …
-Somos de la Iglesia de Nuestro Señor del Séptimo Día -dice con cara de orgullo.
– …
– ¿La conoces?
– Pues no…
Me mira como si hubiera dicho una barbaridad.
– Es que no hace demasiado que vivo aquí, y aún no conozco mucho… -me apresuro a decir, no vaya a ser que esa mujer me tire un mal de ojo del séptimo día.
– Ahora tenemos un culto, y vamos a necesitar comprar muchas cosas -me dice, haciéndose la importante.
– Pues muy bien, aquí las esperamos cuando quieran, entonces.

Y se fueron sin comprar nada.

Y digo yo: ¿será que siendo del séptimo día, vienen a preguntar precios y hasta el séptimo día no pasan a comprar los vasos? ¿Será que siendo del séptimo día, y con semejante aliento, sólo se lavan los dientes en domingo?

 

Pueblos.

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Una caja de zapatos

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En una caja de zapatos no caben muchas cosas. Aparentemente.

Inmersa en mi rutina de organizar y empaquetar cosas, hoy he encontrado una caja de zapatos cuyo contenido es, cuanto menos, pintoresco. Voy a obviar las cartas y postales, que están en toda Caja de Zapatos De Los Recuerdos que se precie (¿quién necesita un baúl de los recuerdos teniendo cajas de zapatos?), y voy a ir directamente a las cosas más curiosas (algunas de ellas ni las recordaba).
La cartera que me regalaron en el local donde me hice mi primer piercing, el del ombligo: dentro de la cartera se incluye el carnet del lugar (para descuentos en futuros piercings y tatoos), un folleto con las instrucciones para el cuidado del piercing, una gargantilla con una brujita (el local se llama L’Embruix -El Embrujo-), un mechero, y un condón XXL que jamás llegué a usar, por eso está ahí (caducó en enero del 2004).

La agenda del amor: una agenda que usaba cuando era adolescente. En ella hacía un seguimiento de los hechizos de amor que iba relizando (basados en un libro de Esperanza Gracia, que en aquella época estaba que se salía), y la eficacia o no de éstos sobre Enric, el chico del instituto que me gustaba (nos gustaba a todas, y cuando se hizo las rastas, más). Como era de esperar, los hechizos no tuvieron el más mínimo efecto. El fin de nuestro cortejo (bueno, de mi cortejo, porque él no cortejaba nada, al menos conmigo) fue el día que me pillé una cogorza del mil en un cumpleaños, me declaré al pobre chaval -que me estuvo aguantando como un campeón toda la noche- y a la semana me dio calabazas.

– La baraja del Tarot (me dio muy fuerte con el esoterismo, sí): una baraja que jamás supe usar (no veas si tiene cartas, con ellas se podría jugar unos remigios que ni te cuento), pero que tiene unos dibujos muy bonitos (a lo mejor las uso alguna vez para hacer un collage, o algo así). Junto a la baraja, hay cartas sueltas que seguro debí recoger en su día por la calle. Siempre que me encuentro una carta en la calle la recojo. Según mi madre, esas cosas significan algo (no sé qué significará un As de Corazones en la que aparece un tío haciéndole el dorso a una rubia). Por si con esto no fuera suficiente, he encontrado también papelitos recortados de vete a saber dónde, que publicitan hoteles para encuentros discretos, supongo que con la intención de ir algún día. Eso jamás sucedió.

Fotografías: entre ellas, las de mi primero novio (¿se considera novio cuando dura un mes?), el senegalés. Junto a las fotos, una hoja de papel en la que escribí datos de interés sobre Senegal: población, partidos políticos, religión… La otra fotografía es de un amigo con derecho a roce que me encantaba. Estudiaba cine y me hizo una lista de películas imperdibles que aún guardo. Las otras dos cartas corresponden a un tío con el que me carteé tras poner un anuncio en El Periódico (cuando dejé de estudiar me aburría mucho). Me bastó una sola carta suya para dejar de escribirle. La otra es una postal de mi ex, diciéndome que iba a estar siempre.

– Y ahora la sección ¿¿Esto me pasó a mí??, que tenía totalmente olvidada: para que se entienda diré que hace diez años estuve trabajando en una de las tiendas de la Estación de Sants, lugar de paso de mucha gente. Haber trabajado allí durante cinco años me ha dejado muchas anécdotas, pero estas dos me han sorprendido hasta a mí, ya que ni las recordaba.
Por un lado tenemos a Ernest. No recuerdo cómo llegó a mí esa carta (supongo que alguien la dejaría en el mostrador de la tienda). Incluía un poema de Borges y un e-mail de contacto. Recuerdo haberle escrito, por curiosidad. Ésta fue su respuesta:

Y por otro lado tenemos a Frank, el holandés. Tampoco sé cómo llegó a mí la postal, imagino que de la misma manera que la anterior carta. Como una imagen vale más que mil palabras, aquí dejo la foto.


Aparentemente, en una caja de zapatos no caben muchas cosas. Pero sí muchas historias.

¡Rrrratas!

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Cuando puse los anuncios en internet vendiendo algunas (muchas) de mis cosas, no pensé que me iba a encontrar con tanto devoto de la Virgen del Puño. La gente regatea como si esto fuera Marrakech. Y yo no digo que no esté abierta a negociar precios, pero hay casos que me parecen ya una tomadura de pelo. Aquí van tres.

EL DEL VINILO:

He puesto en venta un vinilo que no me gusta y está prácticamente nuevo. Es una edición especial de dos vinilos más gruesos de lo normal (vamos, que te lanzan un disco al cuello en plan frisbee y te decapitan). Me costó 20€, lo vendo por 10€. Uno va y me dice:
si me lo dejas en algo menos (para compensar la gasolina, vivo fuera de barcelona) me lo quedaría”.
A este punto estamos llegando con la crisis. Vamos a ver, caradura, si vives fuera de Barcelona no es mi problema, coges el coche y te vienes. Y sino te cuelas en el metro o en el tren como hacemos todos y el transporte te sale gratis.

En la primera venta que hice me tuve que ir hasta El Carmelo (un barrio barcelonés que está donde Cristo perdió la alpargata) con dos espejos encima. La tía que me los iba a comprar me dio plantón. Ese día pagué el metro, y no se me habría ocurrido decirle a la compradora que me pagara dos euros de más en concepto de transporte. Así que si el señooor va en coche, que se pague la gasolina él, no te jode. Yo ni siquiera tengo coche.

 

LA DE LA LÁMPARA:

Otra me dice, respecto a una lámpara de pie:
podrías ajustarme un poco el precio? estoy en el paro”. A ver, lista. ¿Por qué crees que estoy vendiendo una lámpara que me costó 30 o 40 euros por 10? ¿Porque me apetece? ¿Por diversión? Me vas a decir a mí que estás en el paro. Yo con el paro no me compro una lámpara de pie para luz ambiental. Son 10 euros y esto va como con las lentejas, si quieres las comes sino las dejas.

 

EL DE LOS DVDs

Puse a la venta 25 películas en DVD por 20€. Un chollito, vamos. Hoy me dice uno que se las queda por 15€. Acepto.
Antes de meterlas en la bolsa, las reviso una por una para ver que estén todas dentro de su caja. Pero Casablanca no estaba. Lo llamo:

– Hola… oye, que estaba revisando las películas y me falta una, Casablanca. ¿Te interesaba mucho ésa? -no sé para qué pregunto.
– Ostras… pues sí, ésa justamente me interesaba mucho… – vaya hombre, qué casualidad.
– Vaya… bueno, si las sigues queriendo…
– Vale, si me dejas las 24 por 14€ me las quedo.

Por suerte no lo tenía delante y no me ha visto la cara. Le querría haber dicho a esa rata inmunda que no sé qué reglas de tres le enseñaron a él en el colegio, pero que si 25 películas valen 15€, 24 películas no valen 14€. Pero como soy una mujer desesperada por sacarse cosas de encima he aceptado.

 

Así va el país.

Sala de espera

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“Desde el 2009 ya no prestamos servicios 24 horas. Para urgencias, diríjanse a Tal Sitio“, decía un cartel en la puerta. Ya no tenemos Urgencias en el barrio.

 

Paramos un taxi. Subimos. Llegamos. En la fachada del centro de salud, una pancarta enorme nos da la bienvenida: “No a les retallades” (no a los recortes). Sabíamos que íbamos a tener que esperar un cojón.

Vamos hacia el mostrador.
– Creo que tengo una infección de orina bastante bestia.
– Siéntese, ya la llamarán.
– ¿Me da la llave del baño?

En el baño.
– ¿Te duele? – digo desde el otro lado de la puerta.
– Joder, sí – me contesta desde el interior del baño.

Un cartel en la pared reza: “No se atenderá por orden de llegada, sino por orden de urgencia”. Mierda, como venga un aparatoso accidente múltiple la hemos cagado.

Al rato.
Entra una mujer en una silla de ruedas que conduce un joven, quizá su hijo. Se le ha paralizado media cara, dice él. Eso es un orden de urgencia de la hostia, pienso yo.

Al rato.
Se sientan dos jóvenes detrás de nosotras. Una de ellas habla por teléfono. Es que ha comido pastel de marihuana y dice que escucha voces. Mi hermana me mira.
– ¿Has oído eso?
– No. El qué.
– La de atrás está colocada.

Miro hacia atrás.
– La del teléfono no, la otra.
– ¿Y esa cara de boba también es del colocón?
– Jajaja, no, creo que es su cara real.

La colocada nos ve mirándola y nos sonríe ladeando la cabeza y levantando un hombro, como diciendo “sí, tías, estoy con un cuelgue que lo flipo”.
La chica del teléfono cuelga y la colocada empieza a hablar. Es que tengo la cabeza como buf, ¿sabes? Yo sólo quiero que el médico me mire y que me diga que estoy bien.

A ver, gilipollas. Te has comido un cacho de pastel de maría y se te ha ido la pinza. Tómate una coca cola y sal a tomar el fresco hasta que se te pase el subidón en lugar de estar aquí ocupando turno, que vamos cortos de personal.
Habría pagado por ver la cara del doctor.
– A ver diga, ¿qué le pasa?
– En ocasiones oigo voces.
– ¿Porque ve usted muertos?
– No, porque voy de marihuana hasta las cejas.
Manda cojones. Paga seguridad social para esto.

 

 

 

Para que la entrada no quede tan absurda, voy a presentaros a mi nuevo compañero de fatigas. Después de casi seis años, he pasado de eso de la derecha a la monada de la izquierda (no es ningún pepinazo, pero va ideal).

(Obsérvese la presencia de cuerda y la ausencia de tecla en el especímen de la derecha.
Aunque no os lo creáis, me da una pena deshacerme de él…)

A.F.T.E.R. (Aquí Flipas Todo El Rato)

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No es la primera vez (no sé si será la última) que digo que no salgo y acabo desayunando café con leche y crusán después de bailotear toda la noche.

El sábado celebramos el cumpleaños de mi hermana. Lo que empezó siendo una noche algo extraña acabó como no había terminado nunca, al menos para mí. Empezó con unas diez personas en casa que inicialmente no sabían muy bien como relacionarse entre ellas, y finalizó con los más guays (porque éramos los más guays, los demás nos hicieron un favor yéndose) saliendo a bailar (no, no, yo a bailar no voy, ¡pues toma, bocazas!) al lugar de siempre (bueno, de mis siempres, que son casinuncas).
Pero había un fin más allá del fin.

Habíamos llegado al local sobre cuya pista se suponía que íbamos a darlo todo a las cuatro de la mañana (dados los recortes que han hecho los de Transports Metropolitans de Barcelona, lo que debería ser un trayecto de media hora duró una hora entera. Gracias TMB). Cuando a las seis nosotros estábamos bailando como nunca, con el subidón a flor de piel, nos encendieron las luces. Todos tuvimos la sensación de que nos habían robado una parte de noche (y lo habían hecho. Los de TMB).

Mientras salíamos a la calle, alguien dijo ¿nos vamos de after? Así que nos fuimos de after.
Yo no había ido a un after en mi vida, porque siempre he considerado que esos lugares son decadentes y están llenos de gente puesta hasta las cejas. Pues efectivamente era así, decadente y con gente puestísima, aunque tengo que decir que había mejor ambiente del que imaginaba. La mayoría de clientes eran hombres (dos perfiles: el típico armario ropero y el típico pureta, ambos con las pupilas como discos de cuarenta y cinco revoluciones) y transexuales del barrio (mi hermana se encontró a una clienta suya).
A mi amiga le ofrecieron coca dos veces en los baños. A mí ninguna. Debo tener la cara menos after de la historia.

La anécdota del after (a parte de que ir a un after ya es anécdota de por sí): mi hermana y yo nos vamos a sentar a una mesita redonda que había en un rincón. De golpe y de repente viene un tío de dos de alto por dos de ancho con los ojos como el carbón, se sienta al lado de mi hermana y nos dice “¡mesa camilla, mesa camilla! ¡Mujeres y hombres y viceversa!”, con una emoción tanto exagerada como incomprensible para nosotrasLas dos nos miramos y soltamos algo en plan pero qué dice el flipado este y el tío, viendo que no le seguíamos el rollo, se levanta y se va como si nada. (Otro nos habría partido la cara por bordes, pero no fue el caso. Por eso digo que el ambiente dentro de todo era bastante tranquilo.)
En menos de una hora volvemos las dos a sentarnos en el mismo lugar (desde luego, no estábamos muy afters). A los tres minutos aparece ¡el mismo tío!, se vuelve a sentar al lado de mi hermana y suelta, con la misma emoción de hace una hora: “¡Mesa camilla! ¡Mujeres, hombres y viceversa! ¡Confesión, confesión!”. Pero bueno, ¿¿otra vez??, dijo alguna de nosotras. El chavalote se vuelve a levantar y se vuelve a ir.
Te debes tirar media vida en el gimnasio, otra media metiéndote mierda, y el tiempo que te sobra lo dedicas a ver Mujeres, hombres y viceversa. ¡Bravo!

Al cabo del rato dije a la troupe que quien quisiera venirse conmigo a desayunar pues perfecto, y el que no, pues que le aprovechara la noche (o la mañana, porque ya eran las nueve), pero lo que es una ya había tenido bastante.
A las once entré por la puerta de casa con un café y un crusán entre pecho y espalda, y un buen montón de risas acomuladas durante buena parte de la noche.  Y de la mañana.

¿Puedo arrancarte la cabeza, hermosura?

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(Ésta es una de esas entradas en la que pongo a parir a alguien. Hacía tiempo que no usaba este recurso estilístico, así que es posible que se aprecie cierto recreo en el texto.)

 
Hace unas semanas fui al cumpleaños de una amiga. Lo que tenía que ser una cena íntima al final resultó ser un pupurri de personas venidas de distintos ámbitos sociales de la cumpleañera: compañeras de trabajo, contactos de las redes sociales, amigas de toda la vida, vecinos, amantes, amigos de amigos…
No me suponen ningún problema los eventos sociales en los que haya desconocidos, siempre es agradable charlar con gente nueva. El problema lo tengo cuando me encuentro con personas que en lugar de cerebro tienen un bolso (de firma, eso sí) y además creen que son alguien (y simplemente son personas con bolsos en lugar de cerebros).

A veces puedo ser bastante prejuiciosa. Pero también reconozco que muchas veces no me equivoco. En cuanto la vi pensé de ella que era un maniquí, pero en cuanto abrió la boca me dejó claro que no estábamos delante de un maniquí inteligente, ni siquiera delante de un maniquí tonto de los que hacen un favor a la humanidad y apenas hablan porque no saben. Estábamos delante de una de esas guapas que creen que son superiores al resto del mundo. Una de esas guapas que pronuncia la ‘s’ como si fuera a extinguirse en qualquier momento y que mueve la melena con cada signo de puntuación. Una de ésas que, ni siquiera estando en el cumpleaños de otra persona, puede evitar hablar todo el tiempo de sí misma. La guapa con cerebro de bolso se tomó la molestia de dejarnos a todos bien claro, así, sin venir a cuento, que ella era cantante.
Cuando en una fiesta la gente bebe y canta por la calle no hace el ridículo, porque todos van borrachos. Pero si estás en la puerta del restaurante fumándote un cigarrillo, y te pones a cantar uno de esos temas dance de tus performances, y levantas una pierna a lo Fama sin importarte que esté la terraza hasta el culo de gente tomando cañas; si haces todo eso cuando a la gente aún no le ha afectado la ingesta de alcohol, no quedas como una tía guay y moderna, quedas como una absoluta y completa gilipollas. Como mi capacidad de tolerancia y disimulo es bastante nula, mi cara en aquel momento debía ser un poema. No tuve reparo en darme media vuelta e irme, por si se me contagiaba algo.

¿Has escuchado lo que dijo cuando estábamos tomando los cafés?, me dice mi hermana al día siguiente.
La situación fue así de sencilla y campechana (¡a quién se le ocurre se campechano con una diva!): uno de los presentes se acercó a donde estaban la cumpleañera y sus compañeras de trabajo (entre ellas, ella) a contar un chiste (conociendo a la persona, probablemente era un chiste malo). Cuando terminó se lo quedaron todas mirando (seguramente el chiste debía ser demasiado complejo), a lo que él respondió volviendo tan feliz a su zona de la mesa a acabarse su pacharán. Fue entonces cuando la cabeza-de-bolso le soltó a la cumpleañera: De dónde los has sacado a todos, ¿de un autobús?. Habló la señorita que se había desplazado al restaurante en su coche con GPS y todo y así se había perdido. Habló la señorita que no sabe que El Molino está en el Paralelo porque no se mueve por ‘estos barrios’.

Me resbalan infinitamente las opiniones de las personas sin cerebro, pero me molesta su existencia. Qué ganas, de verdad, de decirle finamente, tan fina como es ella: ¿puedo arrancarte la cabeza, reina? Tocaríamos a más oxígeno por cabeza. Por cabeza arrancada, claro.

Mira que hay gente, coño

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Hoy me dice mi madre:
– ¡Anda, qué morenita estás! ¿Que has ido a la playa?
– No… es de las manis…
– Tía, tienes la marca de la camiseta – confirma mi hermana tras mirarme los hombros durante unos segundos.

Y es que, lo que en épocas de bonanza de la economía española era el moreno paleta, o moreno camionero, ahora ha sido sustituido por el moreno mani (entre otras cosas porque paletas y camioneros cada vez hay menos, y manifestantes cada vez hay más).
El moreno mani tiene las mismas ventajas e inconvenientes que el moreno paleta o camionero: las ventajas son que uno ya no va por la vida con la cara de cadáver de los últimos siete meses, y en mi caso además las pecas empiezan a despertar, lo cual siempre me resulta muy gracioso (¡hola, chicas!). Pero el moreno mani tiene muchos inconvenientes, a saber: espalda blanca, barriga blanca, tetas blancas, culo blanco, piernas blancas, pies blancos.
Mi amiga dice que va a tener que tomar el sol antes de empezar a ponerse los vestiditos de verano porque está muy blanca, pero claro, al menos ella tiene el mismo tono de piel en todas partes. No quiero saber la pinta que voy a tener yo con los brazos morenos y las piernas como la cara de Iniesta.

En fin.
Esto de las manis es muy curioso. Puede pasar de todo. Uno va con la idea de caminar (manifestarse es una manera fantástica de ponerse en forma, senderismo urbano), leer pancartas ingeniosas, hacer barricadas cantar, gritar, quemar cosas  sacar fotos… Pero no es un contexto, allí, entre miles de personas, en el que uno esperaría encontrarse a un ex.

No soy una persona rencorosa, pero cuando ciertas actitudes sobrepasan un límite no olvido, por mucho que hayan pasado casi diez años.
No me vale que esa persona que me faltó tanto al respeto, a mí y a mi familia, se ponga delante mío en plan “¡sorpresa!” con una sonrisa de oreja a oreja, esperando lo mismo por mi parte. No me vale que me abrace, al contrario, me repugna. No me vale que me diga que se alegra de verme. Ten por lo menos un poco de dignidad, cabrón, y pídeme disculpas. Por lo menos eso.

Ni le sonreí, ni le abracé, ni le hablé. Pero después estuve observándole durante un buen rato, desde la distancia. Estaba rodeado de gente, pero iba solo. Y no me extraña.