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Con las manos en la masa

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Una de las cosas a las que me he aficionado en estos dos años de inactividad laboral ha sido a la cocina. Fue algo no meditado, que se fue dando poco a poco. Recuerdo que me di cuenta un día que iba al mercado del barrio a comprar algunas verduras. Descubrí que era algo que me gustaba hacer: ir a comprar y pensar en qué hacer para comer o cenar. Quién lo diría, con la pereza que me ha dado siempre.

Cambia mucho cocinar cuando uno tiene tiempo y ánimo. Y lo bueno es que no hace falta tener mucho dinero para cocinar cosas ricas. Así que mataba las horas buscando recetas por internet y poniéndolas en práctica. Recuerdo que encontré una receta de albóndigas que superaba con creces la que yo había hecho siempre, y que ahora se ha convertido en uno de mis platos favoritos.

Ahora, aquí, sigo teniendo mucho tiempo libre, ya que no trabajo todavía. Así que sigo en la línea que traía: entretenerme en la cocina. Una cosa que tenía ganas de intentar hacer son las típicas empanadas de carne argentinas. Las he probado en alguna ocasión y me parecen deliciosas. Además no son difíciles de hacer, pero sí es entretenido (hice unas 20 y acabé hasta el mismísimo moño, entre otras cosas porque ya tenía hambre y cuando tengo hambre no veo otra cosa). Así que para la próxima ya sé que debo tomármelo con más tiempo y calma.

Para las empanadas compré medio quilo de carne picada (aquí venden dos tipos de carne picada: la común y la especial, que es un poco más cara pero más rica y menos grasienta; siendo esta última la que compré).

el sofrito

el sofrito

El sofrito lo hice con cebolla, cebolla de verdeo (vendría a ser como la cebolleta fresca), ajo, pimiento (en la receta original no salía, pero tenía medio pimiento que se me estaba poniendo malo -por cierto, al pimiento le llaman “morrón”, ya sea rojo o verde-) y luego le agregué una patata rallada para que hiciera bulto (tampoco estaba en la receta original, pero me daba miedo quedarme corta con el relleno, cosa que no pasó).

condimentos

condimentos

Mientras se sofreían las verduras, herví tres huevos que luego corté a trocitos. También corté a aros algunas aceitunas.

Agregué la carne al sofrito y lo aderecé todo con los siguientes condimentos: sal, pimienta, ají molido (es un poco picante), comino y pimentón. Todo bastante a ojo (le echaba, y lo probaba, le echaba más si era necesario, y lo volvía a probar… así hasta que me pareció que estaba rico). El resultado fue un relleno bastante jugosón.

¡qué timo!

¡qué timo!

el relleno al chup chup

el relleno al chup chup

Luego venía la parte delicada: montar las empanadas. La primera sorpresa me la llevé cuando abrí el paquete de tapas y vi que algo fallaba. En el paquete decía “12 tapas”, pero en realidad, ¡había diez! ¡Ladrones! Un amigo argentino me dijo, entre risas: “¡vete acostumbrando!”. Como veía que tenía relleno para dar y regalar y encima me faltaban dos tapas, decidí ir a comprar un paquete más.

el relleno

el relleno

a 15 minutos de ser devoradas

a 15 minutos de ser devoradas

El caso fue que al final acabé haciendo 22 empanadas (2 paquetes de 12 menos las 2 que me timaron). A lo que, por si fuera poco, le sumamos una pizza napolitana (mozzarella, tomate en rodajas y ajo) y un par de botellas de Imperial (la cerveza más rica que he probado hasta ahora en Argentina).

Ni falta hace que os diga que comimos hasta reventar. Y las empanadas quedaron bastante ricas para haberlas hecho una española. Ratman se llevó un par al trabajo, y su compañera, tras comerse una, le dijo: ya te puedes casar con ella, jajajaj

la cena

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Así que ya estoy pensando en la próxima receta que voy a hacer, que creo que van a ser… ¡PANQUEQUES!

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El viaje III. La despedida.

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Por mucho que uno se mentalice, por mucho que intente estar preparado psicológicamente para el momento de la despedida, siempre es peor de lo que se puede llegar a imaginar. Es algo equiparable a sentirse enamorado, imagino que también equiparable a ser madre o padre. Son sentimientos tan fuertes, tanto, que sólo puede llegar a entenderlo del todo quien lo ha vivido.

No olvidaré jamás la cara de mi abuela, ni la de mi padre. Jamás les había visto tanto parecido físico como aquel martes 13 de Noviembre. Eran exactamente las mismas caras, las mismas expresiones. Expresiones que, por otro lado, yo no les había visto jamás.

Imagino que suele pasarlo peor el que se queda que el que se va. Pero, aunque ver tan tristes a los que se quedan sea señal de que a uno lo quieren, y eso sea bonito, duele. No volvería a pasar por ese momento ni por todo el oro del mundo. Así que lo primero que hice en cuanto tuve localizada la puerta de embarque fue mandarle un mensaje a Ratman diciéndole que el vuelo salía con retraso, pero que salía. No podía olvidar que, a doce mil quilómetros de distancia, también había una persona que me quería y a la que hacía dos meses que no veía.

Mientras anunciaban por megafonía que ya podíamos embarcar y los pasajeros hacían cola para entrar en el avión, pensé en que necesitaba algo para el viaje. Fui corriendo a un quiosco que había unos metros más allá y me compré El Jueves. 

Con el último Jueves que leería en mucho tiempo, una maleta de mano que sabía que no entraría en el portaequipajes y la sensación de estar yéndome de vacaciones más que de estar volando hacia el cambio más brutal de mi vida; me subí a un avión que, doce horas más tarde, me dejaría en el Aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires, Argentina.

El viaje II. El proceso

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Cuando Ratman dejó de trabajar como autónomo, decidió tomarse unos meses de descanso y se vino a vivir con mi hermana y conmigo. Pasado el verano, decidió empezar a buscar trabajo en España. Pasado un mes, y sin apenas una llamada citándolo a una entrevista, decidió mandar currículums a Argentina. En una semana le habían contestado de tres lugares. Uno de ellos lo citó a varias entrevistas por Skype, tras las cuales le dieron el empleo con una condición: debía empezar a trabajar en una semana. Después de hablarlo, le animé a que lo aceptara. ¡Tenía trabajo! No había duda: nos íbamos para Argentina, así que tuvimos cuatro días para comprar su billete, preparar las maletas y hacer algunas compras de última hora.
A todo esto, mi hermana ya conocía la noticia de que íbamos a irnos desde hacía unos meses, con lo cual en verano empezó a buscar piso con una amiga. A primeros de septiembre se mudó, y diez días más tarde Ratman voló a Argentina. Así que en menos de dos semanas me quedé sola en un piso lleno de cosas y de recuerdos. Por suerte tenía un par de meses para dejarlo, lo cual me permitía hacer las cosas con relativa calma.

El proceso de la mudanza ya sabéis más o menos como fue. El resultado final resultaron ser dieciocho cajas de cosas que han quedado en casa de mi padre, muebles malvendidísimos que como mínimo me dieron para pagarme el billete y cuatro maletones que se venían conmigo en el avión (dos de ropa y las otras dos con cosas varias para el hogar, o lo que yo llamaba “el kit de supervivencia”).

Hubo un día, a primeros de octubre, que me senté a mirar precios de vuelos por internet. Más o menos había calculado estar en Argentina a mediados de Noviembre, con lo cual estipulé volar el 14 de Noviembre para llegar allí el 15.
Esa noche puse la tele (cosa que casi nunca hago, pero que desde que Ratman se fue hacía constantemente, cosas de la autosugestión) para ver las noticias de las nueve. Y mira tú por donde salen el Toxo y el Méndez diciendo que van a proponer una huelga general para el 14 de Noviembre, jajajaja Ni hecho a propósito. Así que finalmente compré el vuelo para el 13.
– Martes y 13 – me dijo mi hermana
Pues una de dos- le dije yo- o el viaje sale redondo -mi tío el italiano me dijo que en Italia el 13 da buena suerte- o me va como el culo.

 

Pata de…

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Pata de patapalo. No.
Pata de patata. No
Pata de pataleo. No
Pata de patatús. Casi, pero no.
Pata de…

¡Patagonia!

 (también conocida como El Culo Del Mundo)

Hala, ya sabéis donde estoy.

Disculpen el retraso…

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… es que la mudanza me ha llevado más faena de la que pensaba. Bueno, en realidad no, porque ya sabía que me esperaba un faenón tremendo. Y es que no ha sido una mudanza convencional, a ella se han sumado muchas otras cosas.

 

Básicamente, porque he pasado de vivir aquí…

 

…a vivir aquí.

 

El perrito piloto para quien lo adivine.

100 metros vallas

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Una barrera puede ser un muro que separa en dos una ciudad. Puede ser un detector de metales. Puede ser la lluvia, el sol, el viento o la carencia de él. Una enfermedad.

Una diferencia puede ser una barrera. Una persona puede ser una barrera. La incomunicación puede ser una barrera. Una persona con la que tienes una diferencia y con la que no te puedes comunicar es… muy complicado.

Quisiera saber dónde tiene su origen la incapacidad de dialogar que tienen algunas personas. Si el origen está en la autoestima, en la soberbia, en un trauma infantil, en la envidia. Quisiera saber qué debo hacer para colaborar, para ayudar a que esa persona hable conmigo sin sentir que la ataco. Quisiera saber cómo controlar mis nervios, cómo ser más diplomática.

Si hay una barrera que puede acabar con todo (con mi paciencia lo primero) es la incapacidad de poder sentarse a hablar con alguien que piense distinto.

Una bañera llena de croquetas – Historias de parra ficción (6)

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Todos saboreaban sus cervezas y reían mientras él escenificaba fragmentos de películas y series que todos conocían. Lo hacía con gestos exagerados, porque sabía que cuando exageraba, ella se reía más.

Él nunca daba besos o abrazos a nadie cuando llegaba a una cita. No es que le resultara incómodo, es que simplemente no tenía el hábito. Siempre llegaba tarde, hecho un torbellino y con algo que contar. No sabéis lo que ha pasado, hostia sabes de donde vengo, tío venía sobrado de tiempo y al final me he liado con. Todos se metían entonces en esa vorágine de acontecimientos que explicaba con la impaciencia de un niño que quiere abrir su regalo de cumpleaños y la potencia de un boxeador que deja KO a su contrincante.
Nunca daba besos o abrazos a nadie cuando llegaba a una cita. Hasta que ella empezó a sumarse al grupo.

– Hueles a pescado – le dijo ella a él cuando se le colgó del cuello y le dio dos besos.
– Hueles a pecado – le contestó él a ella, en un acto reflejo totalmente involuntario.

Una hora y media más tarde, él se encontraría en el baño del bar haciendo un Vincent Vega. Con las manos apoyadas en el lavamanos, hablaba con su propia imagen reflejada en el espejo. Una cerveza más y te vas. No seas grosero, te ha invitado a otra ronda. Te la tomas rápidamente, le dices adiós, te metes en el coche y te largas de aquí. En un silencio de dos segundos visualiza a su mujer durmiendo desnuda en la cama. Que te quede claro. Sales ahí fuera, te tomas la cerveza, dices “buenas noches, he pasado una velada muy agradable”, te vas a casa, te haces una paja. Y eso es todo lo que vas a hacer.

Cuando salió de nuevo a la terraza, ella estaba hablando de la escena de aquella serie que le gustaba tanto en la que uno de los protagonistas le dice a otro que elija entre una bañera llena de mermelada o una tía buenísima en pelotas. Ella dice que preferiría una bañera llena de croquetas. Todos ríen.
Él también ríe. Le encantan las croquetas.