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Besando el suelo de la tierra que me vio llegar

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El otro día me caí.

Era de noche, pero no voy a echarle la culpa ni a ella ni a la escasa iluminación existente en el momento en que me fui al suelo, porque todos sabemos que si hubiera habido luz me habría caído igualmente.
En mi defensa diré que ese día estaba muy cansada y tenía sueño, lo cual no ayudó. Resumiendo: torpe + oscuridad + sueño = porrazo asegurado.

Los hechos se sucedieron así. Volvía para mi casa caminando tan tranquilamente. Era medianoche y no había mucha gente merodeando, lo cual agradecería más tarde. En esto que, así sin venir a cuento (porque no recuerdo haberme tropezado con nada), se me dobla el tobillo y mi metro sesenta y cuatro se estampa contra el suelo.
Tengo que aclarar que en el lugar en el que vivo no están todas las calles asfaltadas. En el centro las carreteras sí lo están, pero las aceras son bastante irregulares, y algunas de ellas son de tierra o ripio. Yo me caí en una de ésas. En cuanto me fui al suelo me levanté tan rápidamente (en plan “aquí no ha pasado nada”) que ni miré si me había hecho daño, aunque me dolía todo; y me fui derechita para casa, bien erguida.
Cuando llegué me inspeccioné. En la rodilla derecha, mis leggins tenían un boquete tan grande como una pelota de golf. Cuando me los saqué y me vi la pierna, entendí porque me dolía tanto. Además, en la palma de mi mano izquierda una china me había hecho un agujerito justo donde nace una de las líneas de la mano (un dolor que ni te cuento) y se me había llenado de tierra.

Así que, después de mirar y requetemirar las heridas (hacía tanto tiempo que no me dañaba así que hasta me puse morbosa), le eché un par y me las lavé con agua y jabón lo mejor que pude, me tomé un paracetamol (me había dado la risa floja, me pasa a veces cuando me duelen mucho las piernas) y me fui a la cama. Tuve que dormir con la pierna fuera porque no podía soportar que la sábana me rozara siquiera. Hasta el tercer día no pude usar tejanos.

Puedo asegurar que las fotos no le hacen justicia. En directo era hasta bonita la combinación de colores: rojo, burdeos, morado, berenjena, marrón... muy otoñal.

Puedo asegurar que las fotos no le hacen justicia. En directo era hasta bonita la combinación de colores: rojo, burdeos, morado, berenjena, marrón… muy otoñal.

Hoy, tras una semana, aun tengo costrita. Y es que menudo hostión.

Fingir

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La mujer que fingía tener las tetas grandes vivía mejor así, haciéndose pasar por una mujer de tetas grandes. De hecho, en su localidad, muchas mujeres de tetas minúsculas fingían tener las tetas grandes. Ella era una mujer discreta, y lo último que quería era llamar la atención por no ser como todas las demás.

La mujer que fingía tener las tetas grandes vivía mejor así, haciéndose pasar por una mujer de tetas grandes. Porque en realidad, sus tetas, eran enormes.

Sobre el fingir

Ahí va una trascendental de las que toca de vez en cuando

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Qué fuerte esas personas que son capaces de componer música clásica. O de la que sea, digo clásica porque como hay tanto instrumento pues parece más difícil. Supongo que se deberá tener mucho coco para eso. O para tocar un instrumento, leyendo notas. Pero componer… qué fuerte debe ser componer.

 

Uno muchas veces no se da cuenta de las cosas, o no quiere darse cuenta, hasta que le queda poco tiempo. Pensamos que las personas van a estar siempre a nuestro lado, y de repente alguien se va (no es metáfora, no se ha muerto nadie. Simplemente es que la gente ahora se va a otros lados porque aquí no tienen mucho que hacer). Y cuando sabes que alguien se va a ir piensas en todo lo que tendrías que haber hecho en todos estos años de amistad que no hiciste, y pretendes solucionarlo en unas semanas. Pero no funciona así, aunque lo haces igualmente. Supongo que para no tener remordimientos.

 

Un brainstorming es una lluvia de ideas, ¿no? Entonces un brainfeeling debe ser una lluvia de sentimientos. Al igual que en el brainstorming, en el brainfeeling cabe de todo: alegría, tristeza, rabia, paz, empatía, egoísmo…
Coño con el brainfeeling que no me deja en paz. Es como estar con la regla twentyfourseven.

 

(Todo esto así, de buena mañana y habiendo dormido como el culo. Será por eso. O no.)

Diez bobadas que me vuelven loca

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Las tobilleras que no se pueden quitar hasta que se rompen. Hace unos diez años, le compré unas pulseras de cuerda a una gitana. Me las puse en el tobillo izquierdo, donde permanecieron durante seis años hasta que se rompieron. Al instante las sustituí por un collarcito hecho con bolitas e hilo de pescar. Y hasta el día de hoy.

 

El crec de la tijera cuando me corto el pelo.

El desorden ordenado de mis libros. Desde que he dejado de ser una persona organizada (sobretodo a nivel mental) me da la sensación de que están más bonitos que cuando los ordenaba por tamaños o temas.

Las cosquillitas en la espalda. Era el único modo que tenía mi madre de conseguir que me durmiera cuando era pequeña. Hoy me siguen gustando igual que entonces (y las cosquillitas en el cuello, y las cosquillitas en los brazos, y las cosquillitas en las piernas… tonta, me dicen)

La naturaleza muerta en casa. Las flores secas, los adornos de trigo, los pupurris que venden en bolsas. Creo que hacen el lugar más acogedor.

El chasquido del hielo cuando entra en contacto con un líquido tibio (el momento cúspide de un gintonic no es cuando me lo bebo, sino cuando me lo sirvo).

Toquetear pescado. Limpiarlo, ponerlo bajo el chorro de agua mientras lo acaricio con cuidado, tan suave y frágil… Sacarle las vísceras, cortar las cabezas. Me gusta como huelen las pescaderías.

Que la lluvia me sorprenda en la calle cuando no hace frío. Me encanta esa mezcla entre cálido y refrescante al mojarme bajo las lluvias de verano, sentir como las gotas calentitas van golpeándome mientras paseo. Llegar a casa con el pelo empapado.

Enterrar los pies en la arena mientras tomo el sol en la playa.

(Entrada plagiada descaradamente y sin ningun tipo de pudor de ésta escrita por H@n)

Peco-invento 2

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Libros impermeables. ¿Por qué no existen?
Sí que existe esa especie de libros acolchados de plástico para bebés. Qué injusto, hay libros impermeables para personas que aún no saben leer (¿por qué?, ¿para qué?) y no existen para los que sabemos leer.

Yo quiero leer en el mar. Leer tumbada en la arena me resulta muy incómodo, pero no me gusta llevarme hamacas a la playa. La playa es para estar tumbado en la arena. Pero en la arena es muy difícil leer. Qué dicotomía.

El sábado pensaba, mientras hacía el muerto en el agua y se me congelaban los dedos de los pies, en lo cómodo que podría ser leer en el agua. Uno en el agua no pesa, no se le clava nada y, una vez dominado el arte de hacer el muerto y pasar páginas a la vez, debe ser la repanocha leer en el mar. O en la orilla de una de esas playas llanas, de las que andas y andas y el nivel del mar nunca pasa de la rodilla. ¿No sería ideal poder tumbarse en la arena, dentro del mar, y leer un libro impermeable? Uno no tendría que preocuparse nunca de si va a venir una ola y lo va a mojar, o de si se nos resbala de las manos y cae al agua. Incluso podríamos nadar con el libro bajo el brazo un ratito, hasta alcanzar un islote cercano, salir del agua, seguir leyendo allí y luego volver.

 

 

Yo quiero un libro impermeable para leer en el mar.

Memoria

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A propósito de la memoria y los recuerdos, ayer leía esto: “Los recuerdos son lo único que nos pertenece. Están hechos a nuestra imagen y semejanza. Dime qué recuerdas y te diré cómo te lo inventas. Ficción basada en hechos reales“. No me pudo parecer más acertada (y bella) esa descripción.
Precisamente esta mañana, durante una conversación, he verificado (una vez más) que un mismo recuerdo puede ser recordado por dos personas de muy distinta manera.
Y la verdad es que estas cosas a mí no dejan de provocarme perplejidad.

Si hay algo que me intriga del ser humano es el cerebro. Sé que es un tema recurrente, objeto de miles de estudios científicos, programas de televisión y debates. Pero por mucho que pueda ser analizado me sigue pareciendo increíble todo lo que rodea su existencia y funcionamiento.
Cuando uno compra riñones o hígado para hacer a la plancha, o ve cómo destripan a un pollo, o cómo le sacan los ojos a un pescado puede no sentir nada, sentir asco, o incluso parecerle divertido (a mí lo de los ojos del pescado me hace mucha gracia). Pero ¿quién no ha visto en una carnicería los sesos de algún animal y los ha estado observando durante unos segundos, semi hechizado? Yo creo que es algo más o menos generalizado. Sus formas y recovecos parecen esconder, como los laberintos a los que tanto se asemejan, misterios a los que tenemos acceso restringido.
Y lo que gustan los cerebros. No me refiero a la gastronomía, sino a lo infinitamente erótica que puede resultar una persona físicamente no atractiva, pero que sin embargo tenga pensamiento crítico, conversación, curiosidad, arte. El cerebro es un arma tremenda, por eso muchos se preocupan de que no se desarrolle lo suficiente.

Volviendo a los tantos misterios del cerebro, confiamos especialmente en uno de ellos: la memoria y los recuerdos. Muchas veces son fiables y reales, y es gracias a ellos que podemos evolucionar, madurar y en definitiva, vivir. Pero ¿cuántas veces hemos afirmado algo basándonos en un recuerdo, con una certeza y un convencimiento absolutos, y luego ha resultado que estábamos equivocados? Mientras hablas ves en tu mente lo que estás diciendo, pondrías la mano en el fuego y no te quemarías (crees), das todo un discurso, mil y un detalles… y de pronto alguien dice algo que manda esa coherencia al garete. Y uno frunce el ceño, y queda pensando.

Dejando de lado las discusiones que puedan crearse por recordar cosas de distinto modo, pienso en mis recuerdos. En los míos propios. En los de cuando era pequeña. O los de la primera vez que me enamoré. No sé por qué tengo tan pocos recuerdos, y los pocos que tengo ni siquiera sé si son reales o los he inventado yo. Es por eso que saco tantas fotos, y guardo muchas cosas. Para tenerlas de recuerdo, porque no deja de ser una forma de intentar no olvidar.

Tengo muy mala memoria, si alguna vez nos cruzamos por la calle y no os reconozco no os enfadéis conmigo.

La desintegración de la persistencia de la memoria. Dalí. 1952.

Dejadme a mí, que os vais a enterar

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Ésta es la nota que le han puesto a la deuda española los tíos estos de Standard & Poor’s (que me juego el cuello a que se lo deben pasar teta):

Y ésta es la nota que me ha puesto mi profe en el módulo de gestión administrativa que acabo de finalizar (que oye, no es tan complejo como esto de la economía, pero también tiene lo suyo):

Teniendo en cuenta que de nociones administrativas tenía lo mismo que de monja y no me ha ido nada mal, digo yo: ¿no podrían dejarme a mí al mando y mandar al presi al logopeda, que ya me ocupo yo del tema?