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Recordando acordes no acordados.

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Ella recordaba cuando él tocaba la guitarra con su cuerpo. Se sentaba detrás de ella, en la cama. Le tomaba la mano izquierda estirándole el brazo a modo de mástil, y con su mano derecha y la de ella tocaba sobre su obligo al ritmo de la música que solían escuchar mientras charlaban, o se sonreían, o simplemente se dejaban llevar; antes de tumbarse y volverse locos el uno por el otro.

Él recordaba tocarla, sentirla. Hacía tanto tiempo… Era una de esas noches. Una de las muchas en las que no se le iba de la cabeza. Sabía que nunca se le iba a ir. También sabía que nunca volvería a tenerla desnuda, suave, dulce, perversa. Generosa, tímida, ardiente. Húmeda. Recordaba como la abrazaba, la besaba. Ella besaba bien. Besaba muy bien. La acariciaba, la saboreaba y le hacía el amor, sin prisa, con cariño. Con un amor eterno. Como no lo solía dar.
Recordaba pasar la noche abrazados, desnudos, acariciándola hasta el amanecer cuando, como una Cenicienta, debía desaparecer.
La quería.

Ella sabía que estaría enamorada de él hasta el fin de sus días.

Él no recordaba ningún momento en el que no hubiera estado bien con ella, pero aunque la quería no recordaba amarla. Y no olvidaba recordarla.

No quería amarla, porque sabía que la destrozaría.
No quería que ella lo amara.
No quería que ella lo olvidara.

Yo no puedo sólo quererte.
¿Qué quieres de mí?
Nada. Sólo que estés. Ni siquiera quiero que me correspondas. Sólo que estés.


Sé feliz. O déjalo todo y vuelve a mí
.

Pasión modo Converse

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Era una fiesta en la calle, como una especie de Carnaval. Yo bailaba al son de la música. Llevaba puesta una camisa blanca entallada, unos pantys negros, zapatos de tacón y una especie de miriñaque corto y abierto por delante, recubierto de plumas negras, suaves y bamboleantes.  Bailaba porque sabía que alguien debía estar mirándome, y eso era precisamente lo que me provocaba más ganas de bailar.
Yo, por mi parte, mientras movía las plumas de derecha a izquierda; le había visto, a él, a lo lejos. No le había dicho nada. Sólo bailaba y le miraba.

Al rato, entré a casa de mi abuela, me metí en la habitación y me miré al espejo de cuerpo entero que colgaba de la pared. Entonces apareció él detrás mío, y se pegó a mi cuerpo. Le veía por el reflejo mientras él me agarraba de la cadera con gesto firme, y se apretaba contra mí, acercándose, y mirándome a los ojos a través del espejo.
– No puedo, Emilio, tengo pareja – le dije con voz temblorosa y susurrante.
Pero entonces él empezó a besarme el cuello y yo sabía que estaba perdida.

En ese momento, Ratman tira de la cisterna y me despierto. Manda cojones: he tenido un sueño erótico con Emilio Aragón.

Mora – Historias de parra-ficción (4)

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La mujer con molestias en la zona anal fue al médico. Tras contestar algunas preguntas del doctor, éste la acompañó a la camilla.

– Súbase de espaldas apoyando las rodillas.
Ella se subió.
– ¿Sabe como rezan los moros? – le preguntó el doctor.
– Sí.
– Pues póngase igual.

Mientras se inclinaba para apoyar los antebrazos, la mujer con molestias en la zona anal pensó que era lo más erótico que le habían dicho en mucho tiempo.

Sensualidad gratuita (o dejando la voluntad) – Historias de parra-ficción (3)

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El hombre que trabajaba como actor de teatro alternativo salió al escenario. Mientras se desarrollaba la función, dirigía miradas fugaces al público en busca de caras conocidas. En el local, una mezcla de bar y tienda de ropa vintage, no había más de veinte personas. Un éxito.

Sentados en las mesas de la derecha vio a su grupo de amigos, entre los que se encontraba la chica con la que follaba cuando no tenía con quien follar. A la izquierda, tres o cuatro personas no paraban de reír. La obra hablaba de la guerra, no tenía ni puta gracia. Si no fuera porque al final de la actuación pedían la voluntad al público, la habría interrumpido y los habría mandado a tomar por culo.
Tras los graciosos había tres siluetas femeninas sentadas en la barra de bar. Su compañera de piso había ido con dos amigas suyas a las que él había conocido hacía no mucho. Una de ellas era algo tímida, pero con la otra hubo química desde que los presentaron.
En cuanto la vio beber del botellín de cerveza sintió como se le encogía la bragueta.

 

Los habían dejado solos unos instantes, sentados en aquellos pufs de segunda mano, y mientras él le hacía un chiste sobre la propina que habría dejado ella por la actuación, le rozó con los nudillos la rodilla desnuda. Había estado deseando tocar su piel desde que, al finalizar la función, había ido a saludarla a la barra, donde ella le esperaba (él lo sabía) sentada en el taburete, con un vestido verde que terminaba donde empezaban sus rodillas y que dejaba las piernas cruzadas a su vista. 
Mientras intentaba mantener el hilo de la conversación, pensaba en acariciarla por debajo del vestido, y comprobar si estaba tan cachonda como lo estaba él en aquel momento.
Media hora más tarde, entre risas, ella respondió al roce de la rodilla con una caricia en la espalda de él, que derivó a su hombro y finalizó descendiendo lentamente por su brazo derecho. Ambos siguieron riendo, aunque habían olvidado de qué.
Cuando se despidieron, se abrazaron. Más con sus caderas que son sus brazos.

 

Aquella noche, el hombre que trabajaba como actor de teatro alternativo se tiró a la la chica con la que follaba cuando no tenía con quien follar. Mientras se movía, cerraba los ojos y visualizaba las piernas cruzadas que empezaban donde acababa el vestido verde; y mientras tocaba a ciegas, todavía sentía en su mano el tacto de aquella rodilla desnuda.

Despertar – Historias de parra-ficción (2)

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La mujer que rara vez recordaba sus sueños despertó en plena madrugada de un sobresalto, sudando y con el corazón a mil a causa de una pesadilla. Se tumbó de nuevo, cerró los ojos, se relajó y pensó en aquella otra vez que despertó de madrugada de un sobresalto, sudando y con el corazón a mil porque había tenido un orgasmo.

Leyenda urbana

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Dicen por ahí que la gente que tiene ombligo se huele el dedo después de hurgárselo.