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Archivo de la categoría: Pequeños placeres

La guirnalda de luces de colores que encendió todo

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Un día, después de mucho tiempo y sin planearlo, volvió a encender la guirnalda de luces de colores que compró hacía un par de años, la que puso para (mínimamente) decorar en Navidad el mini apartamentito donde vivía,  y dónde no cabía un alfiler. Nunca más la sacó.

Ese día, un martes previo a un día de fiesta laboral (sus días de fiesta siempre eran entre semana), se compró un vino (estaba aprendiendo a degustarlos, sin recomendaciones, sin guías… compraba, degustaba y decidía si los ponía en su lista de vinos para repetir), encendió las luces de colores y se puso música. Casi nunca se sentaba a escuchar música porque sí.
Se servía el vino en la copa en pequeñas dosis. Le gustaba más así, sirviéndose un cuarto de copa cada vez.

En un momento, a propósito de otra cosa, ecordó el anillo de su abuela, el que había forjado ella hacía décadas, cuando era joven y trabajaba en una joyería de Córdoba. Lo fue a buscar y se lo puso en el anular izquierdo. Mientras veía que le bailaba un poco pensaba en si ese anillo estaba hecho a la medida del anular de su abuela. Deducía que seguramente sí. Y mientras lo seguía mirando, bajo la perspectiva del vino, pensaba en que ese anillo perfecto, al que no le faltaba ni una piedrecita, el que no presentaba ni un arañazo, ni una imperfección a través de los años; ese anillo, era asimétrico. Descubrió la asimetría en una bolita pequeñita y dorada, que presentaba el anillo en uno de los dos lados, que a primera vista parecían ser perfectamente simétricos. Y pensó en que había algunas cosas que aparentaban ser eso, perfectamente simétricas, pero que finalmente siempre había algo que las desviaba hacia uno de los dos lados. Encontró en ese anillo una metáfora estupenda de la vida.

Y recordó, también, la conversación hacía unas semanas con su tía, que aseguraba que abuela (la forjadora del anillo) y nieta (la portadora del mismo en ese preciso momento) tenían el mismo perfil (frente, nariz, boca). Y recordaba la foto que su tía le había mandado de un cuadro que alguien pintó de su abuela cuando era joven. Y recordaba que cuando vio esa foto en la pantalla de su celular (desde hacía algunos años era celular, y no móvil) se dio cuenta de que era cierto, el perfil de ambas era casi idéntico. Y miraba el perfil de su abuela, y miraba el anillo, y pensaba que, con todos los defectos que su abuela hubiera podido haber tenido, fue una persona mágica.

Y pensó que hacía mucho que no escribía. Y escribió mientras el anillo de su abuela le bailaba en el anular izquierdo.

 

La Revolución

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Sin haber tomado nunca la decisión, había decidido conservar hasta el fin de sus días a un amante de cada década.
De la primera década de su existencia, por razones obvias, no había amante. De la segunda no conservó ninguno, quizá porque los que tuvo fueron todos muy malos.
Sí conservó en su vida a un amante de primeros de sus veinte. Veintidós o veintitrés eran. Alguna vez estuvo enamorada de él, eso creía ella, eso creía recordar. Ahora, tras décadas de distancia, sabía que de alguna manera, un trocito de ella (el trocito de veintidós o veintitrés) lo seguía amando como entonces. Hubo piel, mucha, y eso no se borraba con los años.

También conservó un amante de los treinta. Treinta y cuatro. Era otra cosa. Sin enamoramiento como el de los veintidós (o veintitrés), pero con amor también. Desde el principio fue su voz (lo primero que conoció de él) lo que la atrapó, luego sus palabras, su forma de expresarse, su manera de pensar. Se creó una imagen tan potente de él que, años después, cuando por fin se conocieron en persona, no importó nada más. No importaron los defectos, no importaron las imperfecciones. Todo estaba armado ya en la mente de ella, y era demasiado fuerte como para entrar en detalles superficiales.

Su último amante fue de sus cuarenta. Cuarenta redondos. En este caso fue él quien la cortejó a ella (ella siempre se dejaba). Sin rodeos, sin tiempo para conocerse, o para enamorarse, o para escucharse, o para saber qué pensaba uno u otro sobre tal aspecto de la vida. No hizo falta porque el primer día que se cruzaron, de alguna manera ya entendieron todo eso, de alguna manera ya lo sabían. No era la primera vez que les pasaba y llevaban esa ventaja. Y se tomaron. Sabían que para siempre.

No hubo más amantes desde aquél. Quizá porque la edad apacigua algunas cosas, quizá porque ya había encontrado todo lo que necesitaba encontrar en ellos tres. No hubo más amantes, pero los encuentros con los tres, con sus tres décadas, se dieron a lo largo de toda su vida. Nunca demasiado a menudo, nunca demasiado programado. Observado en conjunto, eran dosis servidas con cuentagotas a lo largo de su línea de tiempo. Pero los necesitaba como si fueran el 2 del O2. Nunca pudo excluirlos, nunca lo intentó tampoco. Ellos tampoco pudieron, aunque lo intentaran. Desaparecían por algún tiempo, pero siempre, tarde o temprano, volvían. La amaban, y ella a ellos. Aunque sabía que no iba a terminar su vida con ninguno, sabía que era alma gemela de todos. Todos locos, todos inquietos, todos inteligentes, todos artistas, todos pensadores. Todos locos, ella loca por todos y ellos locos por ella.

 

Al final de su vida, cuando creía que ya lo había entendido y aprendido todo, descubrió que siempre estuvo buscando lo mismo en sus amantes, que todos eran una versión distinta de una misma cosa con la que ella no era compatible, pero que deseaba incontrolablemente, aún siendo anciana. Lo había deseado siempre, era esencial, sumamente esencial. Por eso los necesitaba a todos. Por eso, por pocos momentos que pudiera compartir con ellos, no podía no tenerlos. Por eso seguían erotizándola, más allá de las canas, más allá de la piel arrugada y la frágil delgadez. En su mente seguían siendo jóvenes y ardientes, y entrañables. Necesitaba sus tres décadas, necesitaba sus tres amantes.
Uno de ellos le dijo una vez que ella era la revolución, la que provocaba todo eso. Y es que no había nada más revolucionario que el amor cuando el odio manipulaba títeres. El amor en cualquiera de sus formas. Tanto amor tenía dentro, que murió de amor a los ochenta y seis. Habiendo amado absoluta y locamente. Absoluta y locamente amada.

 

 

La báscula

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Cuando era pequeña, íbamos a comer todos los domingos a casa de mi abuela paterna. Vive en el Raval desde hace 60 años, uno de los barrios de conforman el casco antiguo de mi ciudad natal. Un barrio de gente trabajadora, inmigrantes, mucha mezcla cultural. Un barrio muy querido por muchos, sobre todo por los que siempre han vivido allí o por los que hemos estado ligados a él durante toda nuestra vida. Hoy he recordado una anécdota de aquellos tiempos. Una especie de ritual que hacíamos todos los domingos, antes de subir a casa de mi abuela. En una de las calles que dan a la Rambla, arteria principal del centro de Barcelona, había un porchecito medio escondido. No recuerdo si era en la calle del Carme, cerca del famoso Mercat de la Boqueria. En dicho porchecito se ubicaba una báscula gigante, muy grande. Parecía más grande aún vista desde los ojos de una niña. Todos los domingos íbamos a esa báscula a pesarnos. Era divertidísimo. Me subía a esa plataforma cuadrada. Al hacerlo se movía la base, con ese vaivén de las básculas de antes, ¿os acordáis? Una vez arriba, me quedaba quieta, mirando la aguja gigante que marcaba mi peso, y observando también parte del mecanismo que quedaba a la vista. Era una báscula genial. Hoy buscando por internet he encontrado la fotografía de ese tesoro en un blog. Actualmente la tienen en las oficinas del Mercat de la Boquería. Al parecer pertenecía a la Joyería y Relojería El Regulador, en Las Ramblas 37. El local fue después ocupado por la joyería Bagues hasta hace relativamente poco y actualmente es un hotel. Fue tan conocida y significativa que al edificio se le conoce con dicho nombre. Ésta es la báscula. Imaginaos a la pequeña Pecosa, subiéndose ahí arriba todos los domingos. ¿Puede haber algo más divertido?La báscula La báscula (detalle)

La ciudad de la furia

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Dicen que en España hay un bar por cada 140 habitantes. en Buenos Aires debe haber una pizzería por cada 140 habitantes.

Buenos Aires sabe a pizza, a la de muzza. Bien esponjosa y con mucho queso. No hace falta nada más. Bueno sí, una porción de fainá (una especie de “pan” hecho de harina de garbanzos con la que se acompaña la pizza) y una cerveza bien fría, a poder ser una Imperial, o una Stella Artois, o una Heineken.

Buenos Aires huele a libros viejos. La Avenida Corrientes está completamente inundada de librerías de ocasión, con libros y revistas de segunda mano. Librerías que permanecen abiertas hasta la madrugada. ¡Hasta la madrugada!

Buenos Aires suena a tango. Mientras esperaba el tren en una estación, unos chicos tocaban la guitarra, el violín, el bandoneón. Las personas que esperaban como yo se acercaban y vaciaban sus mentes al son de la música. Uno sabe cuando alguien vacía su mente y se limita a dejarse invadir por una melodía, esas cosas se leen en los ojos. Ninguno era turista. No se trataba del típico turista acercándose al folclore del país que está visitando. Eran argentinos disfrutando de su música. Los envidiaba, en España no vi nada parecido.

Buenos Aires te llena la vista de luz, de espectáculo. Está inundada de teatros, de cines, de conciertos, de fútbol. La misma Casa Rosada es un espectáculo. Por la noche se enciende, poderosa, hermosa, femenina; llenando de rosa potente los ojos de aquél que la mira.

Buenos Aires tiene ese calor del mate, de las cafeterías de antes, de la madera, de la piedra.

La ciudad de la furia, que decía Cerati (que en paz descanse, por fin), me enamoró. Es gigante, tan descomunal que impresiona verla desde el avión. Colosal, llena de vida. Imposible verlo todo en tres semanas. Lo cual sólo me deja una opción: tendré que volver.

Cúpula de un edificio en Avenida Rivadavia, Buenos Aires.

Cúpula de un edificio en Avenida Rivadavia, Buenos Aires.

Recordando acordes no acordados.

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Ella recordaba cuando él tocaba la guitarra con su cuerpo. Se sentaba detrás de ella, en la cama. Le tomaba la mano izquierda estirándole el brazo a modo de mástil, y con su mano derecha y la de ella tocaba sobre su obligo al ritmo de la música que solían escuchar mientras charlaban, o se sonreían, o simplemente se dejaban llevar; antes de tumbarse y volverse locos el uno por el otro.

Él recordaba tocarla, sentirla. Hacía tanto tiempo… Era una de esas noches. Una de las muchas en las que no se le iba de la cabeza. Sabía que nunca se le iba a ir. También sabía que nunca volvería a tenerla desnuda, suave, dulce, perversa. Generosa, tímida, ardiente. Húmeda. Recordaba como la abrazaba, la besaba. Ella besaba bien. Besaba muy bien. La acariciaba, la saboreaba y le hacía el amor, sin prisa, con cariño. Con un amor eterno. Como no lo solía dar.
Recordaba pasar la noche abrazados, desnudos, acariciándola hasta el amanecer cuando, como una Cenicienta, debía desaparecer.
La quería.

Ella sabía que estaría enamorada de él hasta el fin de sus días.

Él no recordaba ningún momento en el que no hubiera estado bien con ella, pero aunque la quería no recordaba amarla. Y no olvidaba recordarla.

No quería amarla, porque sabía que la destrozaría.
No quería que ella lo amara.
No quería que ella lo olvidara.

Yo no puedo sólo quererte.
¿Qué quieres de mí?
Nada. Sólo que estés. Ni siquiera quiero que me correspondas. Sólo que estés.


Sé feliz. O déjalo todo y vuelve a mí
.

Se hizo esperar… pero llegó.

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Mis noches suelen ser bastante rutinarias. Llego a casa, ceno algo rápido y calentito (recuerden que por el hemisferio sur estamos a puntito de entrar en el invierno) y me meto en la cama con el portátil (no tenemos tele, así que todo el ocio se basa en lo que pueda ofrecernos internet -cuando funciona bien- o algún libro que podamos ir comprando de vez en cuando).

Una de esas noches, la de hace justo una semana, estaba yo ya en la cama, tapada hasta la barbilla, pasando el rato. Decido, como cada noche, meterme en Facebook para revisar mensajes, fotos y otras chorradas. Pero, para mi sorpresa, la mayoría de textos visibles en ese momento eran actualizaciones de estado de mis amigos patagónicos: “¡¡NIEVE!!”, “¡ESTÁ NEVANDOOOOO”!, “¡¡ARRANCÓ LA PRIMERA NEVADA!!”. De un salto, me puse en pie y volé hacia la ventana, corrí las cortinas y vi la nieve caer por primera vez en esta localidad.

La última vez que vi nevar fue en Barcelona, el 8 de Marzo del 2010. Pero al cabo de algunas horas, la nieve se había esfumado. Si bien todavía no hemos entrado en el invierno, cuentan por estas tierras que otros años empezaba a nevar a primeros de Mayo, y que este año se estaba haciendo de rogar. Pero que cuando viniera la nieve, vendría a por todas. Y así ha sido.

Ésta era la estampa desde mi ventana al día siguiente:

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Os imaginaréis mi cara. Estaba alucinada, no podía creer que todo estuviera tan blanco. Todo es hermoso cuando está cubierto de blanco, os lo aseguro. Tengo la suerte de vivir en un lugar precioso, pero verlo todo nevado lo hace tan especial… La nieve tiene algo mágico. Imagino que luego uno se acostumbra, con el paso de los días; pero la primera nevada gusta a todos, sorprende a todos, todos los años, por más años que pasen. Así lo dicen los lugareños.

 

Éste era el aspecto del jardincito de la comunidad de vecinos en la que vivo:

El jardincito

 
Los que hayáis caminado sobre la nieve, sabréis el sonido que hace cuando uno la pisa, paso tras paso. Definitivamente, ese crujidito se ha convertido en uno de mis sonidos favoritos (junto con el de los sonajeros cilíndricos, o el de descorchar vino -no tanto el de descorchar cava-).

Mi cerebro hemisferionorteño, evidentemente, quedó algo confundido. Tenía que pensarlo dos veces antes de desear una Feliz Navid… es decir, una Feliz Nevada.

Miel, flores, caramelo

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No sabía cuál elegir. Aunque le gustaban los vinos, no entendía de ellos. Llevaba unos minutos frente a la góndola, buscando en las etiquetas de las botellas una pista, algo que le hiciera decidirse.

-¿Blanco o tinto? –dijo alguien tras ella.

Cuando se dio la vuelta, vio que era aquél hombre con el que había coincidido en un par de ocasiones. Lo conoció hacía unos meses en la inauguración del teatro. Tres meses después, volvió a verlo en una feria de artesanos. Le compró un tarro de mostaza que él mismo cultivaba y elaboraba.

-Blanco –le dijo con una sonrisa-. Quiero tomar una copa cuando llegue a casa.
-¿Te gustan dulces?
La miraba fijamente. Era muy alto, de piel blanca y cabello anaranjado. A ella no le parecía guapo, ni siquiera atractivo; pero tenía algo que conseguía seducirla.
-Mmm… ¿los dulces no suben más a la cabeza? -dudó.
Con un gesto rápido y enérgico, tomó una botella de uno de los estantes y se lo mostró.
-Éste no.
Ella meditó durante unos instantes.
-No se hable más. Me llevo ése –dijo finalmente.
-Yo te lo regalo.
Apenas se conocían, así que le cogió por sorpresa el propósito. Se ruborizó. Él se dio cuenta.
-De eso nada –logró decir-.  Haré caso de tu sugerencia, pero lo pago yo.
Ella hizo el ademán de sacarle la botella de las manos, pero él la esquivó.
-No, yo te lo regalo –repitió él, clavando sus ojos de pestañas rubias en los ojos moros de ella.
-De acuerdo, acepto -se rindió.
-Bien, enseguida vuelvo.

Mientras ella elegía un zumo en otro de los pasillos del supermercado, él volvió con la botella.
-Aquí tienes. Le han puesto una etiqueta conforme ya está pagada.
-Gracias –sonrió bajando la mirada mientras recibía la botella. Se abrazaron y se dieron un beso en la mejilla-.  No tenías por qué.
-La próxima vez que nos encontremos me dices qué te ha parecido.
-Así lo haré.
-Hasta pronto.
-Cuídate.

El vino sabía a miel, a flores, a caramelo. Sin duda el mejor vino blanco que ella había probado hasta el momento.
Algún día se lo diría. El día en que volvieran a encontrarse.

Coma, comita, comillas, punto y coma.

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Me declaro fanática de los signos de puntuación. Me da mucha rabia, además de dificultarme la lectura enormemente, cuando algunas personas prescinden en sus mensajes de las comas, los puntos, los dos puntos… No sé leer sin ellos, hay gente que tiene una habilidad enorme para escribir y leer sin puntuar. Yo no la tengo, imagino que ese sector del cerebro no debo tenerlo desarrollado, o que debo estar mal acostumbrada; aunque creo que los mal acostumbrados son ellos: con tanto messenger, whatsapp y chats se han perdido las buenas costumbres (sabéis que yo soy muy antigua para algunas cosas, y para mí, puntuar y escribir bien es una buena tradición que no debería perderse).

Yo no sé si puntúo correctamente, porque lo hago un poco como me viene. Puntúo según me suena en la cabeza (porque los signos de puntuación si hacen algo es cambiar la entonación de las cosas, como sabemos). A lo mejor hasta diría que puntúo en exceso. Quizá es el reflejo de cómo hablo, no sé.
Mis dos signos de puntuación favoritos son los paréntesis y las comas. Yo creo que es porque quiero decir muchas cosas a la vez, y las comas me ayudan a hacer frases eternas, una dentro de la otra, para recrearme en la explicación. Los paréntesis, además (y por si con las comas no fuera suficiente) me ayudan a aclarar ciertas cosas, ciertos puntos. Me ayudan a explicarme más todavía, a hacer una broma, a soltar un jajajá.

 

A mí me encantan los signos de puntuación, tanto que a veces abuso de ellos, como decía antes.

Hoy he leído esto en Facebook, y me ha parecido bonito dedicarle una entrada a la coma, mi favorita.

Una coma puede ser una pausa.
No espere.
No, espere.

Puede hacer desaparecer tu dinero.
23’4
2’34

Puede crear héroes.
Eso sólo, él lo resuelve.
Eso, sólo él lo resuelve.

Puede ser la solución.
Vamos a perder, poco se resolvió.
Vamos a perder poco, se resolvió.

Cambia una opinión.
No queremos saber.
No, queremos saber.

La coma puede condenar o salvar.
¡No tenga clemencia!
¡No, tenga clemencia!

Una coma hace la diferencia.

 

Así que al próximo que no use comas ni puntúe le voy a contestar sin puntuar también a ver si me entiende y/o es capaz de leer toda la frase sin parar para respirar que ya está bien hombre de tener que poner las comas mentalmente para entender lo que dice la gente jajajaja

El mate (II). Lo que significa.

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Tenía escrita una segunda parte dedicada al mate explicando sus beneficios, pero después de decirme Nalataia en el post anterior que puede ser cancerígeno, no sé si tiene demasiado sentido, jajaja

Así que voy a ir al aspecto más emocional y romántico del mate. Me ha venido a la cabeza la película Requiem for a Dream, en la que los dos se ponen hasta las cejas de cosas que les hacen daño, pero lo hacen para estar unidos y porque se quieren… Bueno, pues algo así.

En fin, que encontré este texto que explica perfectamente la razón de existir del mate, una bebida que no está rica y que por lo visto puede producir cáncer (¡menuda joya!). Pero qué narices, todos la compartimos por estas tierras para sentirnos unidos y en armonía. Total, el mundo debía acabar hoy y no lo ha hecho, así que celebrémoslo tomando mate, ché.

“El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. Una simple infusión, con sabor inconfundible que, incluso, si uno lo degusta seriamente, encuentra que no es rico. Tampoco feo: es sólo mate. 

En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate provoca exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien y te hace pensar cuando estás solo. 
Cuando llega alguien a tu casa, la primera frase es “hola” y la segunda “¿unos mates?”. Esto pasa en todos los hogares, ya sean ricos o pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan*. 

(*en España, la expresión drogarse tiene una connotación fuerte. En Argentina, puede usarse para hacer referencia al simple hecho de fumarse un canuto, por ejemplo)

Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos. Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón… 
Cuando conocés a alguien, lo invitás a compartir unos mates. 
La gente pregunta, cuando no hay confianza: “¿dulce o amargo?”. El otro responde: “como tomes vos”. 

Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. 
La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. 
La yerba no se le niega a nadie. 

Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. 
Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. 
No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.

Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez unos mates solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones. 
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores… 

El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores: 
– Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla está buena; la charla, no el mate.  
– Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar; vos hablas y yo tomo y viceversa. 
– Es la sinceridad para decir: “bien, basta, cambiá la yerba! “
– Es el compañerismo hecho momento. 
– Es la sensibilidad del agua hirviendo. 
– Es el cariño para preguntar, estúpidamente: “está caliente ¿no? “
– Es la modestia de quién ceba mejor mate. 
– Es la generosidad de dar hasta el final. 
– Es la hospitalidad de la invitación, ya sea la alfombra de tela o de pasto. 
– Es la justicia de uno por uno. 
– Es la obligación de decir gracias, al menos una vez al día. 
– Es la actitud ética, franca, leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir un mate que, querido amigo, ahora sabes, no es sólo un mate…”

El mate (I). Lo que es.

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Encontrándome donde me encuentro, no puedo omitir hablar de algo que forma parte de la vida cotidiana del 99% de los argentinos: el mate. Y digo 99% porque me he encontrado con algún argentino que no toma mate habitualmente, incluso que no lo toma porque no le gusta. Pero para la gran mayoría, el mate es algo imprescindible.
Imagino que muchos ya lo conoceréis, porque además es fácil de encontrar en España. Pero todo y eso, me gustaría dedicarle una entrada y acercaros a algo tan típico del país en el que vivo ahora. Porque, además, tomar mate es más de lo que parece a simple vista.

el kitEl mate es una bebida típica de Argentina, aunque también se consume mucho en Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil, según he podido leer por ahí. Se prepara con yerba mate, que es el nombre de la especie arbórea con la que se produce. Vendría a ser como una infusión de sabor amargo, quizá algo fuerte la primera vez que se toma; por eso hay gente que lo toma dulce, con azúcar. Yo prefiero tomarlo amargo, aunque le pongo un pelín de azúcar al principio para suavizarlo un poco (sino me da acidez, jajaja).

Pero, a pesar de que no lo parezca a simple vista, tomar mate es todo un ritual, tanto a la hora de prepararlo como de servirlo.

La preparación

Preparar mate no es difícil, pero tiene su proceso. Para ello necesitamos:

  • Un mate: esto es, el recipiente. Puede ser de calabaza (el más habitual), de madera, metálico, de cerámica… mi mateEl mío es de madera y tiene mi nombre inscrito. En caso de no tener mate, valdría una taza, por ejemplo.
  • Una bombilla: la bombilla vendría a ser una pajita metálica por donde se sorbe el mate.mi bombilla-cascabel En el extremo final de la bombilla se encuentra un bulbo con agujeritos, o en mi caso, una especie de espiral (similar a la cola de una serpiente cascabel) que hace de filto: deja entrar el agua pero no la yerba.
  • Una pava: así llaman a la tetera para calentar el agua. Yo como no tengo (“¿¿no tenés pava??”, me dijo sorprendida una amiga el otro día, “ya sé qué regalarte para Navidad”, acabó diciendo), caliento el agua en un cazo y luego la paso a un termo para que no se enfríe.
  • Y evidentemente, la yerba mate.
  • (Opcional: azúcar).

Para preparar mate, el tema es el siguiente:

  1. Debemos cargar las 2/3 partes del mate con yerba.mate cargado
  2. cargando el mateVolteamos el mate sobre la palma de nuestra mano y lo agitamos un poco. voltear y agitar suavementeEsta operación es para que la yerba más fina (en polvo) quede en la superficie y los cortes más gruesos queden al fondo.
  3. Le damos la vuelta al mate poniéndolo en posición normal muy lentamente, teniendo cuidado que la yerba haya quedado inclinada hacia un costado del mate.
  4. Vertemos agua tibia sobre la parte más vacía del mate (esto se hace para que la yerba no se queme al echarle después agua caliente). vertiendo aguaDejamos absorber un par de minutos y repetimos la operación con el agua caliente. Nuevamente se la deja absorber.
  5. Este es el momento en que se debe introducir la bombilla hasta el fondo en el mismo lado casi vacío, tapando con el pulgar la boquilla para que no entre aire y se tape.introduccón de la bombilla

A partir de este momento que se comienza a cebar (cebar significa servir, echarle el agua) el mate con agua caliente pero nunca hirviendo (he leído que a unos 80º, pero yo no la caliento demasiado porque me quemo enseguida  ^^’ ). Si se tiene cuidado y se vuelca el agua en forma de un chorrito fino, la yerba del lado contrario quedará seca por un buen tiempo. El buen cebador (el cebador es quien sirve el mate, siempre es la misma persona) va corriendo el lugar donde echa el chorro de agua y comienza a mojar la parte seca de la yerba para ir incorporándola lentamente. De esta forma prolonga el sabor de la mateada de manera equilibrada.

A medida que comienzan a aparecer los palitos de yerba flotando (habían quedado en la parte de abajo del mate cuando lo hemos sacudido) significa que el mate está lavado, esto es, que ya ha perdido casi todo el sabor. El buen cebador reemplaza parte de la yerba para seguir mateando (y conversando, algo que a los argentinos también les encanta).
Para aquellos que quieran tomar el mate dulce, basta con ir agregando azúcar de vez en cuando.

El tomar mate se ha convertido en un hábito social que se realiza muchas veces en conjunto. Es decir que varias personas comparten el mismo mate, llenándolo completamente para cada bebedor, donde uno de ellos oficia de cebador. Este cebador es el encargado de llenar el mate y, a modo de ronda, pasarlo al siguiente bebedor. Por lo que pude leer una vez, la ronda de mates la empieza el cebador, y luego sigue hacia la derecha. El mate debe entregarse siempre con la bombilla mirando hacia la persona que lo va a tomar. Y es importante no colgarse con el mate en la mano, porque seguramente salte alguno diciendo “dale, boludo, largá el mate!”.

Si bien puede gustar más o menos su sabor, a mí lo que más me gusta de tomar mate es la compañía que te hace si lo tomas solo (como ahora mismo, que me acompaña mientras escribo estas líneas), y la sociabilidad y buenrollismo que produce tomarlo en compañía. Os lo recomiendo a todos.

a matear!