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Archivo mensual: junio 2012

Verde que te quiero verde

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¿Os acordáis de cuando me fui a comer con mi madre así?

Pues hoy estaba aburrida en casa y he pensado: voy a poner en remojo el bolso verde que destiñe para que suelte un poco de tinte.
Media hora más tarde me tenía que ir por patas porque había quedado para comer con mi madre. Hoy he ido a comer así:

 

Muy discreta, para variar (puedo aseguraros que en directo el verde es mucho más verde). Mi hermana dice que las uñas molan mazo y que a lo mejor lo pongo de moda.

Mierdabolso. Ahí sigue, el cabrón, sin parar de soltar. 

¿Por qué pienso cuando me aburro? ¿Por qué no como galletas, como todo el mundo? 

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No hay que mentir a los médicos

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Lo que pasó:

Pecosa: Buenos días.
Enfermera: Buenos días. Siéntate. A ver… -busca mi informe en el ordenador- Bien, veamos, ¿fumas?
Pecosa: Ya no.
Enfermera: Hay que ver, si es que empezamos a fumar por tontería, ¿eh?
Pecosa: Desde luego.
Enfermera: ¿Bebes?
Pecosa: Bueno, alguna cervecita ahora en verano…
Enfermera: ¿Cada día?
Pecosa: No.
Enfermera.  De acuerdo. Dame un brazo, voy a tomarte la tensión.
Le doy un brazo y me pone el cacharro ese que parece que te vaya a reventar las venas.
Enfermera: Tienes la presión un poco baja. ¿Te sientes mareada últimamente?
Pecosa: Pues sí… ¿y eso como se sube?
Enfermera: Tomando más café, comiendo con más sal… pero tampoco te pases con la sal que retiene líquidos.
Pecosa: Vale.

 

Lo que habría pasado si no me hubiera censurado:

Pecosa: Buenos días.
Enfermera: Buenos días. Siéntate. A ver… -busca mi informe en el ordenador- Bien, veamos, ¿fumas?
Pecosa: Tabaco ya no, y me jode. Porque fumar es genial, joder. A veces, cuando surge, fumo marihuana. Menos de lo que me gustaría, porque la fumaría todos los días, la verdad. Es que yo soy poco de términos medios, ¿sabe?
Enfermera: Hay que ver, si es que empezamos a fumar por tontería, ¿eh?
Pecosa: Pues como todo, señora. O a ver si se piensa usted que la gente se engancha a los culebrones o al Sálvame porque sean buenos para la salud. Un día empiezan a verlos por tontería y ahí siguen, con la cara de gilipollas delante de la televisión cada puta tarde.
Enfermera: ¿Bebes?
Pecosa: Bueno, alguna cervecita ahora en verano… o tinto de verano, que también está muy rico y refresca mucho. A veces me hago un gintonic por la noche. Y el otro día mi padre nos puso unos chupitos de hierbas que sabían a manzanilla y estaban tan de rechupete que repetí, para qué le voy a mentir.
Enfermera: ¿Cada día?
Pecosa: Día sí día no. Más o menos. Tomo gazpacho para compensar, por eso.
Enfermera.  De acuerdo. Dame un brazo, voy a tomarte la tensión.
Le doy un brazo y me pone lo de reventar las venas.
Enfermera: Tienes la presión un poco baja. ¿Te sientes mareada últimamente?
Pecosa: ¿¿Presión baja?? Señora, en seis meses he ido a una entrevista de trabajo, en seis meses más se me acaba el paro, un paro de mierda, por cierto; vivo colándome en el tren porque es carísimo, el país se está yendo a la mierda, johnny depp está soltero ¿¿y me dice que tengo la presión baja?? ¡¡Tengo una presión de la hostia!!
La enfermera me da una colleja para que me calle.
Enfermera: Mujer, la presión sanguínea.
Pecosa: Ah… ¿y eso como se sube?
Enfermera: Tomando más café, comiendo con más sal… pero tampoco te pases con la sal que retiene líquidos.
Pecosa: Ya lo que me faltaba, ponerme como una ceporra para que me suba la tensión. Ven a que te hagan una revisión para esto.

 

 

Así que aquí estoy. Con el hierro bajo (esto es de familia, herencias patrimoniales no, pero mierdas de la salud las que quieras), la tensión baja, por suerte lo de la moral baja ya hace tiempo que lo he solucionado, mareada perdida, intentando acordarme de echar más sal a las comidas, de tomarme la pastillita de hierro cada mañana, de beber agua para no deshidratarme (¿¿ocho vasos al día?? ¡¿pero estamos locos o qué?!). Quin patiment, collons*.

*Qué sufrimiento, cojones.

 

 

Plancha on fire

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Hoy he dicho “voy a ponerme la falda azul” (una falda un poco cutre porque me la arreglé yo -por eso es cutre- pero que me gusta mucho como me queda, así que me la pongo bastante). Es de las pocas prendas de ropa que tengo que debo planchar antes de ponérmela (y cuando digo planchar digo hacer rrris rrras y arreando).

La enchufo, dejo que se caliente,  me pongo a planchar y oigo un plic metálico proveniente de dentro de la plancha. La levanto y veo que ha dejado una sombra amarillenta en la falda. La madre que la p. A continuación un fshhhhhh. Levanto la plancha a la altura de mis ojos y en ese momento empieza a salir humo de ella. A partir de aquí pasa por mi cabeza un “hostiacorredesenchufalaplanchaquesete-incendiaelpisotía”. Me pongo tan nerviosa (los accidentes domésticos me dan pánico) que cojo la plancha y pienso en tirarla por la ventana, pero claro, no es plan; así que la dejo sobre el poyete de la ventana mientras pienso qué hacer porque no para de salir humo y por dentro suena como un crshhh, crshhh como cuando uno fríe boquerones. Veo la jarra del agua sobre la mesa del comedor y sin pensármelo voy a por ella, vuelvo corriendo y le tiro el agua por encima, rezando para que no salten chispas o cosas raras y me prendan el marco de la ventana, que es de madera,  joder. Mientras la plancha se relaja, menos mal, miro hacia abajo: la vecina tiene la ropa tendida y le está cayendo una cascada de agua. Mala suerte.

Cagoenlaputa, no plancho más en mi vida.

Mi primer Primer Premio

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La noche anterior al gran día siempre nos quedábamos a dormir en casa de mis abuelos, porque al día siguiente había que madrugar bastante. Mi abuela nos despertaba y desayunábamos con mi abuelo y mi tío cuando todavía era de noche. Desde que tengo memoria, mi abuelo siempre desayunaba lo mismo: café con leche y madalenas. A mí por aquel entonces ya me gustaba el olor a café con leche, así que mi abuela me preparaba Eko (me decía que era como café con leche, pero para niños) y me daba alguna de esas tortas andaluzas de aceite tan ricas. Mi tío y mi abuelo hacían el último repaso para asegurarse de que no olvidaban nada (cebos, anzuelos, hilo, cañas, boyas) y, entonces sí, partíamos hacia el puerto, donde se celebraba el Concurso de Pesca Infantil.

 

Llegar allí siempre era emocionante. Los pescadores se saludaban, mostraban orgullosos a sus hijos, nietos o sobrinos, y hacían bromas sobre quién iba a ganar. Me gustaba el ritual previo al inicio del concurso. Cada niño concursaba acompañado de un adulto. El adulto se encargaba de prepararle la caña, el anzuelo y el cebo y darle indicaciones; pero en ningún caso podía tirar la caña, o ayudar a sacar un pez cuando picaba, porque se consideraba hacer trampas y podían expulsarte del concurso.
Mi hermana pescaba con mi abuelo y yo lo hacía con mi tío. Ella se ponía muy nerviosa porque mi abuelo era un viejo pescador cascarrabias, yo creo que por eso jamás le acabó de gustar el tema de la pesca. Pero a mí me encantaba. Me gustaba ver como mi tío preparaba la caña, o ponía el cebo (generalmente cachitos de mejillón crudo) explicándome que debía tapar completamente el anzuelo para que los peces no lo vieran y picaran. Me gustaban también las sillas de pescador sobre las que nos sentábamos, me hacían sentir mayor. El concurso requería de una concentración máxima. Pescar supone estar mirando durante horas una boya flotar en el agua, algo que puede parecer aburrido, pero que para mí no lo era en absoluto. Entre otras cosas porque, en cualquier momento, la raya de la boya podía desaparecer bajo el mar, y si eso pasaba, significaba que habían picado. Y entonces era todo tensión. ¡Tira!, decía mi tío. Y yo tiraba, nerviosa pero firme. Y entonces había que aguantar y dejar que el pez se cansara, e ir acercándolo poco a poco, hasta que levantaba la caña y salía, y lo veíamos todos y mi abuela decía ¡oleeee! 

 

 A mediodía terminaba el concurso. Siempre acababa con el culo cuadrado, eran muchas horas estando sentada casi todo el tiempo. Pero merecía la pena aguantar hasta la entrega de premios. Todos, hubiéramos ganado o no, teníamos un trofeo o una medalla, y además, y esto era lo mejor, nos dejaban elegir un juguete de entre toooodos los que había dispuestos en una mesa enorme (así fue como conseguí mi Conecta 4).

Existían dos premios importantes: al mayor número de piezas (al que pescara más, vamos) y a la pieza más grande y pesada. Éste último era el premio más preciado, por supuesto. Casi todos los años ganaban los Castro. Los Castro era una familia de pescadores de toda la vida, y eran unas máquinas. Por eso el concurso del ’93 fue diferente y especial: porque el primer premio me lo llevé yo. El único primer premio de mi vida, pero yo no necesitaba más, había ganado a los Castro. Cuando nos lo dijeron fue como si nos dijeran que nos había tocado la lotería. 

 

Las dos únicas copas que conservo a día de hoy son la de mi primer trofeo, del año 1985 (yo nací en el 81 y aunque la categoría era para niños de 6 a 10 años -véase placa- yo concursé con cuatro porque mintieron en la inscripción. “Si te preguntan di que haces los seis este año”, recuerdo que me decían); y el trofeo de mi primer (y único) Primer Premio.

       

Mora – Historias de parra-ficción (4)

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La mujer con molestias en la zona anal fue al médico. Tras contestar algunas preguntas del doctor, éste la acompañó a la camilla.

– Súbase de espaldas apoyando las rodillas.
Ella se subió.
– ¿Sabe como rezan los moros? – le preguntó el doctor.
– Sí.
– Pues póngase igual.

Mientras se inclinaba para apoyar los antebrazos, la mujer con molestias en la zona anal pensó que era lo más erótico que le habían dicho en mucho tiempo.

Revolución de quita y pon

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Cuando la veía hablarme de anticapitalismo mientras llevaba puestos unos pendientes de Tiffany sabía que algo iba mal. Efectivamente, con la llegada del verano ha cambiado la revolución con la que tanto se le había llenado la boca por los festivales de música electrónica.

Hace dos semanas que no debatimos nada (y con rescate de por medio, ¡con lo que habríamos disfrutado hablando de eso hace un mes!). Qué fácil es limpiar conciencias llenando el facebook de fotografías de los mineros.

En fin, otra decepción más, para no perder la costumbre. Como siempre dice ella, precisamente: nos merecemos tó lo malo.

***

– ¿Quién ganó ayer en Grecia?
– Alemania.

El miedo pueblo ha hablado.

***

Por lo que a mí respecta, ya me han cansado. Todos.

Historias de amor para contratar personal

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Hoy he realizado mi primera entrevista de trabajo del 2012 , lo cual es más de lo que esperaba. Es curioso como cuando a  uno se la pela lo que pueda resultar de una entrevista va más tranquilo y seguro que cuando pone en ella toda la esperanza y empeño.

La entrevista era para una cadena de supermercados muy conocida, cuyo presidente (de un majo…) ha hablado recientemente para los medios de comunicación. Una de las pocas empresas españolas que no se está yendo a la mierda junto con el país. Y precisamente porque la cosa no está para hacerle ascos a casi ningún trabajo, acepté ir al proceso de selección.

Como es habitual, uno ve de todo en un proceso selectivo grupal y hoy no iba a ser menos. Desde la típica jovencita alegre y risueña o la madre demacrada y sufridora, hasta el hombre serio y algo estirado con demasiado currículum como para trabajar reponiendo víveres (y en este caso, además, con cierto aire al malo de Terminator). Y digo eso porque esta cadena de supermercados viene a ser como una secta. Lo que quieren es a personas fieles a la empresa y que no la dejen nunca. Por eso es evidente que no les interesará contratar a una persona que en cuanto encuentre trabajo de lo suyo se va a ir.

De todas formas, creo que es la primera vez que me he divertido en una entrevista grupal, una especie de versión cutre del método Gronholm.
Tras las típicas preguntas de “qué sabéis de la empresa” y las correspondientes explicaciones de las condiciones laborales, hemos pasado a la valoración en sí. Se nos ha entregado un folio a cada uno con una historia que resumo muy brevemente: chica conoce a chico. Chica se enamora de chico. Chica debe cruzar un río para llegar a casa de chico. El barquero no la lleva gratis y chica no tene dinero. Chica va un ermitaño (sí) a pedirle consejo. Ermitaño dice a chica que se busque la vida. Chica paga prenda al barquero (literalmente. No es que se lo tire, es que le regala su abrigo) y pasa 3 maravillosos días en casa de chico (se supone que follando como conejos y comiendo fresas con nata para desayunar). Chico consigue el trabajo de su vida en el extranjero y se las pira. Chica se va con el amigo de chico (a falta de pan, buenas son tortas), que llevaba enamorado de ella toda la vida. El amigo del chico le dice que se vaya a freír espárragos, que segundo plato de qué. Fin.
Tras leer la historia para nuestros adentros debíamos comentar en voz alta la simpatía que nos inspiraba cada uno de los personajes, para después intentar llegar a un consenso entre todos y elaborar una ranking de más simpático a menos. Y ya.

Seguramente es un estudio la hostia de profundo, con mucha simbología disfrazada de romanticismo y con unos parámetros de evaluación psicológica que son la pera limonera; pero vamos, que yo no le veo el qué. De todas formas ha sido entretenido hablar de este mix entre cuento de hadas y culebrón venezolano. ¡Qué pena cuando la de recursos humanos ha dado por finalizado el debate! Se estaba poniendo emocionante, aunque no hubiera consenso ni a la de tres.

En fin, hay que ver, tú. Que me voy a tener que sacar un master (y además de verdad, porque hay que pasar un examen teórico para entrar a trabajar) para conseguir un trabajo de mil euros. Como está el país.